Columnistas

La ciudad, pequeño Estado

Quizá el mayor éxito del municipio fueron las simpáticas “cebras”, y los “frutillitas”.

La Razón / José Gramunt de Moragas

00:00 / 19 de diciembre de 2012

Las ciudades crecen inexorablemente a costa del agro y de las poblaciones pequeñas. Los municipios son como Estados en pequeño: Un territorio que en este caso llamaremos terreno municipal, una población que llamaremos vecindario, y una ley que serán los estatutos municipales constitutivos y sus correspondientes ordenanzas. Su principal cometido es procurar el bienestar de los vecinos. Una vez señalados estos fundamentos, trataré de escribir una glosa libre sobre la ciudad con referencias explícitas a Nuestra Señora de La Paz.

El otro día, subiendo de Calacoto al centro, en una hora punta, el taxista, escapando de las malditas “trancaderas” se encaramó por la ladera de Alto Obrajes. Recorrimos una topografía irregular de subidas y bajadas abruptas. Recordé ese mal chiste que nos cuenta que en La Paz sólo hay subidas. Naturalmente que eso será para los que van en coche de San Fernando, mitad a pie, mitad andando o, dicho en latín macarrónico, pedibus andantibus”, o en un autobús rocinante.

Pues bien, si nos remontamos a la fundación de la primitiva ciudad de Nuestra Señora de La Paz, después de haber abandonado Laja, su lugar de origen, —comprobamos que la nueva ubicación empezó sobre un trazado semejante al ciempiés, deslizándose por encima de  una corriente de agua que llamamos Choqueyapu. El ciempiés imaginario,  largo y  delgado poseía múltiples extremidades que fueron extendiéndose por las laderas de la hoyada—.

A medida que la ciudad crece, el espacio útil para la construcción, la vivienda y el comercio es cada vez más difícil de encontrar, pues está reservado a quienes poseen la capacidad económica suficiente. O está dedicado al leviatán de la administración pública que crece sin cesar, estimulado por la política centralista del Gobierno plurinacional.

La ciudad va recibiendo la constante migración  que viene, sobre todo del campo y de otras ciudades menores, sus vecinos requieren de los medios de transporte que salven principalmente las distancias que separan la vivienda y el trabajo. Mayor distancia entre ambos, equivale a pérdida de tiempo, a una merma en el presupuesto personal, así como menor tiempo para dedicar a la familia.

El tan soñado teleférico que iba a solucionar el transporte de El Alto al centro, dejó perder su oportunidad. Y aunque, hace unos días, el presidente Morales dijo reactivar ese tipo de transporte, fue tan sólo una más de sus promesas electoralistas. No habrá teleférico, ante todo, porque no es posible hacer pasar el cable transportador, en medio  de un bosque de edificios de 20 plantas o más. Y aún si esto fuera posible, tampoco habría funicular porque el Gobierno central no financia proyectos de sus adversarios políticos. ¿No es verdad, señor alcalde Revilla?

Más arriba describí al pequeño Estado que llamamos municipio, como la entidad pública que posee un territorio, es habitado por los vecinos y dotada de un sistema legal propio. Faltaba explicitar otro elemento esencial: la policía municipal que, entre  incumbencias, debería tener a su cargo el tráfico vehicular. Sin embargo, la Policía  Nacional se niega a soltar esta fuente de ingresos, no siempre legales. Por su lado, el municipio paceño creó un cuerpo uniformado de “reguladores” del tráfico rodado que, a fin de cuentas es una duplicación de la policía nacional. Quizá el mayor éxito del municipio fueron las simpáticas “cebras”, y la creación de los que el ingenio popular bautizó como “frutillitas”. La guinda que faltaba al pastel de un municipio estrangulado por el poder central.

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