Columnistas

La ciudad y los perros

A mi entender, el exagerado cariño que se profesa a los perritos es una muestra del delirio posmoderno

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

01:02 / 12 de abril de 2016

Afano el título de la primera novela de Varguitas para una declaración, en los límites de lo “políticamente incorrecto”, sobre el exagerado cariño que se profesa en estos tiempos a los perritos y perritas de esta ciudad, que, según mis humildes valoraciones, es una muestra  excesiva del delirio posmoderno.

Todo nació alrededor de unas preguntas que hice a unos colegas de mi centro de trabajo sobre las atenciones que brindan a las mascotas del hogar. Quedé turulato. Un colega confesaba que cuando viajan y no pueden llevar a su perrita, Fiorella, recurren a un hotel perruno que ofrece un paquete completo: traslado al “resort” en combi privada, comida con dietista, habitación simple y otros servicios cinco estrellas. Otro compañero replicó diciendo que no se desprende de su mascota ni para viajar. Adquirió para el perro Facundo una carpa a escala que tiene toda la tecnología off road que puedas imaginar. Otro querendón reveló que sus regalones, Cástor y Pólux, tienen problemas digestivos clínicamente certificados por su veterinario. A diario les prepara una suculenta ración de yogurt con papaya. Me acordé de mis dolencias y le rogué al colega que me mande una ración para mi humano, pero muy humano, tracto digestivo. Otra colega enfatizó que su Kevin Alejandro goza de suntuosos privilegios: un corte fashion bimensual y centenares de bolsas de Purina para que defeque sin olor y tenga un pelaje brillante. Pero un colega rompió con todos los récords del amor canino. A pesar de que tiene una familia numerosa, ha recogido a seis canes que, como niños bolivianos adoptados por suizos de la tercera edad, gozan de techo y comida  como nadie.

Hace 50 años no existían estas prácticas recontra mimosas, salvo las del despistado gamonal que paseaba su gran danés por las calles de este pueblo. Ahora la manía es planetaria. Quizás por eso, la universidad japonesa de Azabu investigó a profundidad  para encontrar la respuesta: la oxitocina. Cuando los humanos y los perros cruzan miradas, esta hormona del amor es la causante de que ambos batan la cola.

Como soy de otro tiempo se me hace difícil comprender tanta inversión en clínicos, comidas especiales y mimos de amante rusa en momentos tan duros para la humanidad. Posiblemente la conocida frase “mientras más conozco a los hombres, más quiero a mi perro” argumente en favor de mis colegas y de los cultores del amor perruno extremo. Es probable.

Por ahora, debo evitar ser crucificado por los fanáticos e intolerantes grupos procaninos confesando que, sin llegar tales niveles, sí quiero a las mascotas y no creo que por escribir esta nota los colegas me hagan comer por sus perros. ¿O sí?

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