Columnistas

Las ciudades del miedo

El miedo que experimentaron otras generaciones es diferente a los miedos del presente.

La Razón (Edición impresa) / Gustavo Rodríguez Ostria

00:00 / 28 de octubre de 2012

Las encuestas dan cuenta que la inseguridad es la principal preocupación ciudadana. Nuestras ciudades nunca han estado exentas del miedo. La delincuencia, los crímenes y los robos son tan antiguos como su propia existencia. Lo que ha cambiado es la percepción que se tiene sobre estos hechos.

Los miedos que causaban las epidemias; aquellos que sentían los terratenientes aterrorizados por la posible invasión de la ciudad por turbas de indios armados o los temores a la represión política en dictadura militar.

Empero, el miedo que experimentaron otras generaciones de ciudadanos es diferente a los miedos del presente. Los antiguos miedos tenían fuentes concretas, o eran miedos causados por déficit sanitarios subsanables, o miedos administrados por el Estado represor. En todo caso, miedos pasajeros. Sin embargo, los nuevos miedos son difusos, no tienen un referente material identificado: es el miedo a los otros. Su construcción es ideológica y cargada de maniqueísmo: los otros son la fuente de mis miedos, representan el mal a priori. No sólo son delincuentes potenciales o efectivos, sino que, aunque no lo fueran, todos los que piensan, visten, huelen, se comportan de manera diferente son considerados peligrosos, y por tanto perseguidos, sino muertos a sola sospecha.

Éste es un tipo de miedo que conduce a la agorafobia, al deseo de evitar los espacios abiertos, a encerrarme en cada hogar, para evitar a esos otros indeseables que no sé quiénes son ni qué intenciones malignas tienen. Se trata de una enfermedad social que invita a negar la ciudad y sus espacios públicos y promueve el enclaustramiento, la exclusión de la vida colectiva; en suma, la segmentación del cuerpo social y la separación de los cuerpos físicos.

Es decir que crea espacios de exclusión y se refugia en la arquitectura del miedo: las urbanizaciones cerradas, los condominios vigilados, los barrios cercados y enrejados, los policías privados al acecho, los sistemas de alarma activados y los mastines sueltos. Incluso se estimula el recrear espacios públicos privados dentro del shopping o complejos de cines.

¿Pero cómo conquistar la ciudad contra el miedo? ¿Cómo superar los efectos de la segmentación, la distinción y la búsqueda de islas de seguridad y homogeneidad social que alienta la clase media/alta? Jordi Borja, un especialista en el tema, señala que el mejor camino es evitando hacer “urbanismo sin ciudad”; es decir, superando la vieja idea de que el orden de los objetos urbanos está dotado de virtudes sociales terapéuticas. Hacer ciudad significa organizar espacios urbanos con los ciudadanos y no contra ellos. Hacer “espacio público” implica cristalizar lugares de encuentro con los usuarios, espacios públicos compartidos que permitan encuentros, diálogos entre diferentes, espacios de identidad y de memoria; en suma, abriendo la ciudad, no (en)cerrándola.

Las actitudes defensivas terminan agudizando la fragmentación urbana y exacerbando la segmentación social, al punto de diferenciar y clasificar la ciudad ya no por sus funciones o atributos, sino por sus cualidades de espacio seguro o inseguro. Son, pues, necesarias políticas urbanas para que el espacio público —plaza, calles— no muera y prospere una amenazante realidad de ciudades convertidas en la fantasía tétrica de Blade Runner.

Etiquetas

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1 2 3 4
5 6 7 8 9 10 11
12 13 14 15 16 17 18
19 20 21 22 23 24 25
26 27 28 29 30 31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia