Columnistas

La clase de Salvador Romero Pittari

Salvador Romero fue un mentor sin parangón, con ese algo weberiano llamado carisma 

La Razón / Carlos Ernesto Ichuta Nina

02:26 / 17 de abril de 2012

La sociología boliviana no perdió hace poco a uno más de sus representantes, perdió a Salvador Romero Pittari, sociólogo en el pleno sentido del término y de la profesión. Esto porque además de haber ejercido por muchos años la labor académica e intelectual, Salvador Romero fue un apasionado de la sociología y más precisamente un apasionado de la sociología interpretativa de Max Weber. La ironía de este apasionamiento consistió en que al estar convencido de las enseñanzas de uno de sus principales mentores, Salvador Romero predicó entre sus alumnos la “neutralidad valorativa” que, de origen weberiano, suponía el principal reto prescriptivo de la labor del intelectual, siempre atosigado por un mar de incontrolables prejuicios.

La convencida postura de Salvador Romero, en cuanto al legado teórico de Weber, era evidente en su genuina capacidad de tolerancia hacia las ideas con las cuales no necesariamente tendía a congeniar. Y en un ámbito académico plagado por la polarización teórica, entre el marxismo y el funcionalismo, primero; entre las posturas posmarxistas y sistémicas, después; hasta llegar incluso a la confrontación entre globalizados y descolonizadores, Salvador Romero siempre aparecía como la sobriedad ante la borrachera de los enfrentamientos teóricos. Y es que muy acorde con la virtud de ser un sociólogo de verdad y no un arribista o un sociólogo pergeñado por afanes intelectualoides, se formó militantemente en las lides de la sociología.

Ello posibilitó que nuestro recordado profesor contara con el don de desmenuzar la teoría desde la lógica del método, justo desde donde es posible validar una proposición y comprobar su validez científica. Con dicho don, podía tomar entre sus manos una propuesta analítica, sea justificada teóricamente desde el marxismo o sea justificada desde la teoría funcionalista, y “deconstruirla” hasta hacerla añicos o ensalzarla reconociendo su capacidad explicativa. La sobriedad sociológica desplazaba así al apasionamiento teórico vulgar.

Las discusiones con sus viejos colegas adquirían el mismo sentido de cuando Salvador Romero reprochaba a sus alumnos la falta de dedicación y apasionamiento por la sociología. Del mismo modo, frente a sus colegas, expresaba su molestia ante las lecturas mal enfocadas y ante las interpretaciones maniqueas de la teoría sociológica, merced a lo cual el profesor podía desmitificar al académico más puesto de moda o más connotado del momento. Por esto, muy a pesar de su pasión por la sociología francesa y su íntima relación con colegas tales como Alain Touraine y Jean Pierre Lavaud, a quienes incluso auspició seminarios y publicaciones de libros, a diferencia de la gran mayoría de nuestros sociólogos, Salvador Romero fue un tipo sui géneris, ya que no era fácilmente impresionable ni se le podía dorar la píldora con posturas meramente provocadoras, que lamentablemente ganaron fácil terreno en la universidad.

Salvador Romero fue, pues, un mentor no comparable. Sus reflexiones aderezadas siempre con un fino toque de humor y con ese algo weberiano llamado carisma hacían interesantes incluso sus pláticas más domésticas, y mucho más serias sus reflexiones teóricas y políticas. Pero no fue solamente un mentor, fue también un ser humano sensible sobre todo con la situación de estudiantes que llegaban a San Andrés con las necesidades básicas no satisfechas ni las oportunidades conseguidas. Aduciendo que él también fue estudiante y que en ese transcurrir tuvo que pasar hambre, dispuesto estaba a tender siempre la mano para ayudar.

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