Columnistas

Un clásico de la opinión pública

Rivadeneira construyó un discurso teórico sobre la opinión pública accesible, coherente y profundo.

La Razón (Edición Impresa) / Ana Meléndez Crespo

01:26 / 07 de junio de 2017

Sabio, de la A a la Z, en teoría de la opinión pública, comunicación, idioma español y periodismo, el doctor Raúl Rivadeneira Prada (Sucre, 1940-2017) nos prodigó, durante cinco décadas, sus luces a través de un vigoroso acervo editorial que desbordó los límites de Bolivia hacia toda América Latina y países de habla hispana.

En la época de las dictaduras militares (de los 70 a los 80), trabajó en el exilio como académico de la UNAM y de otras universidades mexicanas. Jamás perdió el tiempo. De 1976 es la primera edición de su libro La opinión pública: análisis, estructura y métodos para su estudio, que publicó y sigue reeditando Trillas (México). ¿Qué fue lo que convirtió a esta obra en la clásica de clásicos, al lado de los filósofos anglosajones Joseph Klapper, Kimball Young, Paul Lazarsfeld y Hans Speir en la enseñanza del periodismo y la comunicación? La razón es que Rivadeneira, nutrido de ellos y muchos otros, construyó un discurso teórico propio sobre la opinión pública, accesible, coherente, claro y profundo. Y, desde luego, en español.

“La historia de la opinión pública está por hacerse”, dijo al abrir el capítulo donde justamente, en una magistral síntesis, va de Aristóteles y Platón a Marshall McLuhan, pasando por Lutero, Rousseau, Glanwill, Hobbes, Temple, Locke, Voltaire, De Renaudot, Richelieu, Mirabeau, Brissot, Condorcet, Marat; Napoleón, Talleyrand, Walter, Reuter, Hitler, Kennedy y Kruschev.

Con estima a sus aportes, asumo su idea nuclear: “La opinión pública es un producto de opiniones individuales sobre asuntos de interés común y que se origina en las formas comunicativas humanas; en procesos individuales, primero, y en procesos colectivos, después, en diversos grados, según la naturaleza de las informaciones compartidas por los individuos, a la vez que influidas por los intereses particulares de los grupos afectados”.

Y su crucial advertencia: “Mas no toda opinión individual es apta para la formación de opinión pública”. Ejemplo: “Simpatizo con personas que llevan cabellera larga; pero esa preferencia carece de contenido trascendental para generar opinión pública, aun cuando existan varias personas que coincidan con ese gusto”.

“La creación de un impuesto nuevo afecta mi economía tanto como la de millones de ciudadanos; la conducta política de una autoridad de gobierno afecta mis derechos civiles al igual que la de quienes me rodean; de donde se desprenden actitudes de rechazo o aceptación y quizá de indiferencia, pero siempre en la relación pública del hecho. Cuestiones de orden colectivo, inherentes a la ‘res pública’, gestante de la institución jurídico —política llamada República— , son los núcleos que aglutinan las opiniones individuales”.

Cierro este memorial con otro de sus avisos al poder: “Condición sine qua non para la opinión pública es que el sistema político reconozca, practique y garantice el libre ejercicio de las opiniones, y proteja con leyes adecuadas los derechos de expresión de los grupos sociales”.

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