Columnistas

La codicia y las cucarachas

En todos los gobiernos del mundo aparecen las cucarachas listas para asaltar  las arcas del Estado

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

00:02 / 19 de abril de 2015

El afán excesivo de riqueza es la forma más perversa de darle sentido a la vida. Casi sin excepción, en todos los gobiernos del mundo aparecen las cucarachas listas para asaltar cualquier tipo de arcas y sobre todo las del Estado y roer los procesos políticos, erosionándolos frente a la sociedad.

Todas las religiones consideran a la codicia como una deformación que no coincide con la sindéresis de la humanidad, que estas conductas son pecadoras y que el castigo es convertirse en churrasco en el infierno. También todas las ideologías consideran que el enriquecerse ilícitamente distorsiona la ética y las conductas de los gobernantes, y que una revolución sin ética terminará en el fracaso.

Para John Gray, “los movimientos revolucionarios modernos son una continuación de la religión por otros medios (…) y son mitos que responden a la necesidad humana de sentido”. Religión e ideologías marchan juntas con sus ofertas de felicidad y ventura, unas en el más allá, y otras en el más acá. Ambas penalizan, con una serie de normas para ser cumplidas voluntariamente, o se hacen de la vista gorda. En el primer caso es solo una amenaza metafísica de sufrimientos eternos en los que los incrédulos son una mayoría.

En el siglo XVII, las pinturas de Las Postrimerías eran ejecutas para describir las penalidades de los infractores con el fin último de inculcar miedo; ahora son solo consideradas obras de arte, cuyo efecto didascálico durante la Conquista hoy ha perdido el poder de generar terror en la población indígena para que obedezca, impulsada por la esperanza de recibir el premio del paraíso si sus vidas han sido llevadas dentro los términos de la templanza y la austeridad.

Así, los mecanismos de convivencia entre los seres humanos, cuya supuesta culminación es la democracia de corte occidental, ha creado y generado leyes y penalidades en voluminosos códigos que describen el infierno terrenal como la cárcel a cadena perpetua, arresto domiciliario, la silla eléctrica, entre otras sanciones que podemos asimilar a las narrativas pecadoras de las religiones del mundo.

Las cucarachas son los insectos que mejor se adaptan al medioambiente, pueden vivir con una temperatura bajo cero o a 40 grados, en lugares secos o húmedos, siempre aparecen donde existen pequeñas migajas de pan o abundantes alimentos almacenados. Aprendí a respetarlas en la prisión de la dictadura banzerista, cuando vivía en una estrecha celda de uno por dos, a veces procuraba dormir de cuclillas para evitar que se suban a mi cabeza. Mi principal distracción era verlas trabajar en procura de alimento, y las observaba canturreando la popular canción: “La cucaracha, la cucaracha ya no puede caminar, porque le falta (…)”. Una madrugada desperté de mal humor y empecé a cortarles una pata, porque se disputaban mi comida y eso no lo podía permitir. Sin embargo, puedo asegurar que estos bichos y las ratas son animales más terrestres que otros, su vocación de vivir no conoce límites, por eso ganan territorios a otros animales que temen a los humanos.

Si hacemos una analogía con las mayorías de los militantes de los partidos políticos, podemos distinguirlos fácilmente: han pertenecido a la izquierda, la derecha, al centro o a todos a la vez; son voluntariosos y lambiscones; no tienen convicciones morales y menos ideológicas; lo único que quieren es aprovechar las oportunidades que les brinda el pasajero poder político para enriquecerse rápidamente. Para ellos, la política es solo un negocio. De esos están llenos los partidos. Cuando son mayoría destruyen los procesos, porque restan credibilidad a la democracia y a la gestión pública, empujando a los ciudadanos a rifar su conducta opinando, resignados: —Ha robado, pero por lo menos estito ha hecho. Fatal. Si no se les corta las patas a tiempo, se convierten en los enterradores de las utopías posibles y son los que descargan la desilusión en poblaciones valiosas y convocan a las dictaduras. 

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