Columnistas

El comandante en la Historia

La polarización en Venezuela se percibe en cada gesto; cada frase en las paredes la expresa y reafirma.

La Razón / Fernando Mayorga

00:00 / 17 de marzo de 2013

Lo primero que sorprende en Caracas, estos intensos días, es la ley seca por luto nacional. También sorprende la polarización, algo más que un estado de ánimo. La polarización se percibe en cada gesto; cada frase pintada en las paredes la expresa y reafirma, se agranda y sube de tono en las conversaciones. Ni qué decir en los medios de comunicación. En Venezuela no se vive la disyuntiva hamletiana (ser o no ser), aquí es pasión teñida de ideología en estado puro o es postura política con testimonio altisonante. Eres pro o anti Chávez, sin vueltas. Todo gira en torno al líder fallecido, cuya trascendencia es pregonada por sus seguidores, a tal punto que algunas personas en la Tv se refieren a él como un “ser supremo”. Una fiscal declaró que había que “estudiar su pensamiento”, y un ministro sintió que el espíritu de su jefe hizo carne en su cuerpo “para iluminarlo”. Realismo mágico, el de siempre, tan latinoamericano. En cambio, con humor negro y manifiesto desprecio por las muestras de dolor de la gente pobre, sus detractores hacían circular mensajitos en las redes sociales con la imagen de una calavera risueña, coronada con boina roja, invitando a la “misión entierro”. Una caricatura de Hugo Chávez invitaba a su propio sepelio.    

El viernes recorrí Caracas pero no asistí al entierro, a pesar mío tuve que partir unas horas antes, rumbo al aeropuerto, porque la muchedumbre iba a tomar la ciudad con llantos de despedida, también con cantos de batalla, porque a mediados de abril se decide en las urnas el grado de fortaleza o debilidad del futuro presidente Nicolás Maduro, no su mandato. Nadie pone en duda esa victoria, la contundencia del “voto póstumo” por el Comandante de la Revolución Bolivariana parece ser irreversible e inclusive es reconocida en voz baja por sus más acérrimos detractores. La oposición juega a la polarización que favorece y fortalece al oficialismo, pensando menos en los comicios de abril que en el develamiento del autoritarismo que denuncia en la conducta de los herederos del chavismo. Ellos, los seguidores de la encarnación contemporánea de Bolívar, atizan el fuego porque en el frente de batalla cierran filas contra el enemigo y las diferencias internas pasan a segundo plano, como ante el féretro de su líder. Es un juego calculado pero inevitable, aunque ambos saben que saldrán perdiendo.

En el aeropuerto de Maiquetía, casi desierto, un gigantesco monitor de televisión parpadea sin sonido y aparecen imágenes de Chávez en distintos planos, de distintas épocas, casi siempre vestido de militar o con la camisa roja, “roja rojita”, como dicen que dijo. Y las imágenes muestran sus innumerables viajes, incluso aquellas visitas a Bolivia donde su influencia fue menor que la que denunciaban sus adversarios, y los opositores a Evo Morales. Es suficiente recordar aquella noche que el presidente venezolano arribó a Cochabamba, allá por 2010, y al descender del avión arengó al Batallón Colorados con el grito prestado de “patria o muerte”; y se quedó esperando en vano el coro de “venceremos”, porque los soldados bolivianos mantuvieron las bocas cerradas en los tres intentos del mandatario visitante para obtener una respuesta. El silencio fue una refutación que expresó un límite, fue una advertencia al comandante Chávez para que no se haga al jefe en territorio ajeno, en tierras del jefazo.

El jueves pasado, en un seminario sobre democracia y movimientos sociales en América Latina, una colega de la universidad pública venezolana señaló que se sobreestimó la influencia de Chávez en la región. Es cierto. Por mi parte, señalé que me sumaba al dolor del pueblo venezolano por la muerte del presidente Chávez, un gran amigo de Bolivia, como lo fue en el pasado Carlos Andrés Pérez. Otra verdad sin ambages.

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