Columnistas

El comerciante innato

Desde la época prehispánica, La Paz fue el centro de encuentro del intercambio de productos

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

00:20 / 28 de noviembre de 2013

Los barrios del noroeste de La Paz, por ejemplo la calle Calatayud (donde el comercio es el centro vivo), nunca dejan de sorprender por las distintas realidades e imágenes que se observan en esos lugares, especialmente en esta época del año. Impresiones que no sólo subyacen por esas pequeñas tiendas (reducidas sólo por fuera) en las que se encuentra lo más sofisticado del mundo tecnológico comunicacional, sino por la psicología del vendedor.

Allí, ese habitante demuestra sus habilidades innatas de comerciante, ya que a fin de cuentas —en su origen— lleva consigo al mercader. Hoy, esa población no sólo está entregada a esa actividad, sino que todo su vivir está relacionado con un sentido económico. Esto se encuentra apoyado por un trabajo de grupo que trasciende en toda la familia. Sin embargo, el comercio de computadoras y demás no es lo único en ese lugar. Todo lo contrario, donde uno dirige la mirada observa la diversidad de productos que se exponen por todas las arterias de esos barrios.

Desde la época prehispánica, La Paz fue el centro de encuentro del intercambio de productos, y luego, en la Colonia, el comercio de toda la región confluyó en esta ciudad naciente. Aquél se hallaba abastecido de productos que llegaban desde la costa y todos los sectores aledaños, incluso Samaipata. Así, en esos tiempos, la hoyada se consolidó como el epicentro comercial de la región y basó su desarrollo en el sector terciario de la economía. Ciertos historiadores afirman que la Garita de Lima fue el lugar de concentración y despacho de los productos tanto a Lima (pasando por el Cusco) como a Potosí y otros.

En la actualidad, ese gran movimiento comercial en esos barrios es más que visible en la imagen de la naturaleza urbana, mostrando como estrecha y fragmentaria la esfera pública de esos lugares. La libertad de construir donde es posible hacerlo y los cientos de puestos de venta dispersos por doquier definen el evidente trazado caótico de esas calles. Empero, como contraparte se encuentran ciertos edificios en altura que colaboran en organizar la configuración urbana.

De cualquier manera, esos barrios de La Paz exhalan una energía singular y su poder económico (en ciertos sectores) demuestra cómo el hombre económico vive en el espacio más que para el lugar. Allí es evidente que la ciudad es entendida de otra manera. El punto central y motivo de vida de la población en esos barrios es el comercio, con éxitos puntuales en la alta economía de varias de esas familias.

Por todo ello, se debe destacar la existencia de valores en ese mundo comercial, no sólo porque son un reflejo y secuencia de la historia del habitante paceño, sino porque invitan a ser repensados y aprovechados en lo positivo, por tanto, explotados en sus cualidades. Aquello seguramente exigirá comenzar a planificar nuevas propuestas urbanas para esos lugares, que se basen esencialmente en el aprovechamiento de la habilidad comercial de esos ciudadanos. Empero, lo fundamental será buscar formas organizadas de de-sarrollo de ese trabajo y talento; y para ello, los expertos en economía y comercio debieran ser los encargados de ir tras ese desafío.

Es más que evidente que una buena parte de la población de La Paz —desde antes de su fundación— tuvo y sigue teniendo como esencia el sentido innato del comercio, el cual parece correr por sus venas.

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