Columnistas

Un comité de recuerdos para el ‘Papirri’

Lo esencial es invisible a los ojos, como las canciones de Manuel, ese niño que nunca dejó de serlo.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

01:03 / 15 de marzo de 2017

En agosto de 2011, a dos años de su llegada al Ecuador, Manuel Monroy Chazarreta instó a través de su Facebook a la conformación de un Comité de Recuerdos del Papirri. En esa “carta final pre mortem”, Manuel pedía que sus cenizas se esparzan para siempre en el lago Titicaca, “lejitos del borde”. Han pasado años de aquel “testamento público de emergencia” —como él lo llamó—, y creo que es hora de que el Papirri lo reformule para incluir un episodio de ingratitud(es), al ritmo de su última cueca. Ese “link desagradable” tiene una quimba que dice así: “solo quiero que sepas / poco dura el dinero”.

También va siendo hora de que los cuatro designados para hacer funcionar el Comité de Recuerdos cumplan. Basta de polvos del olvido. Va mi aporte.

Recuerdo uno. Febrero de 2002: soy el editor de Fondo Negro, suplemento literario del recordado periódico La Prensa y faltan tres años para que una directora llamada Amparo me despida sin razón. En las centrales tengo una sección llamada “Mitomanía: hábitos de lectura”. Es el turno de Manuel. —¿Qué libro le regalarías al presidente ‘Tuto’ Quiroga? —Algo de Carlos Montenegro, para que sepa qué es Bolivia. —¿Con qué personaje de ficción te gustaría tener un romance? —Con Yayita, pues. —¿Qué tres libros te llevarías a una isla desierta? —Algo de Quino, pero no Mafalda; algo de Thomas Mann y el anuario de Playboy. —¿Qué personaje literario te hubiera gustado ser? —El Principito.

Recuerdo dos. Finales de 2007: estamos en el viejo Equinoccio de Ricardo Zelaya, canta el Papirri. Faltan escasos meses para el centenario del club The Strongest. La barra exige a gritos sus temas: la saya para el Chocolatín Castillo, la cueca del Chupita Riveros y el himno Por suerte soy atigrado. Esa noche, con el Gaucho cocinamos al calor del té con té el libro de cuentos stronguistas Warikasaya. Manuel es el primero en sumarse al proyecto con un relato genial suyo llamado Bloqueo, cada vez que lo leo (como la primera vez en la presentación del libro en la Muela del Diablo en Cochabamba), me cago de la risa con ese final de una wawita gritando ¡Viva el Tigre! La madrugada aquella termina en la casa de Manuel en la avenida Arce. Nunca vi tanta gente en un departamento tan chico, parecía el camarote de los hermanos Marx y no entraban ya ni dos huevos duros. Para hacer sitio, incluso botamos a punta de trompadas a un par de bolivaristas infiltrados en la chupa de puro tigres. El amanecer nos deja moretes, un ch'aquí fulero y la más diáfana imagen que hoy todavía atesoro del poderoso Illimani.

Recuerdo tres. Estamos en 2017, más viejos y más panzones. Manuel ha vuelto y a ratos lo noto bajoneado, con un hablar más sosegado, sin pilas. En el escenario, sin embargo, vuelve a ser el mismo. Con las luces y los aplausos, regresa el Papirri más jodón, burlesco, íntimo, ingenioso, carismático, dando botes con la saya afroboliviana, con los ojos llorosos cantando a su ciudad; con las pupilas aguadas, recordando sus bailecitos de cueca con el Chupa en el Teatro Municipal. Todos estamos de acuerdo: lo hemos extrañado, nos hace falta, el Papirri de siempre y para siempre, como el Illimani hermoso que se goza desde los amaneceres de su “depar”.

Aquella carta de agosto de 2011 comenzaba así: “Hoy me llamaron para decirme que había muerto”. Sin duda, alguien se equivocó de hígado. Número equivocado, “dishiendo”. Hoy el Papirri está de regreso, llena otra vez cines (que no pasan películas) y estrena temas para cantar y bailar. Los ingratos se callan en siete idiomas y la hinchada, que pide ahogaditos para revivir, le agradece: “Papirri, no te sientas mal de estar bien; más que nuestro hermano, eres nuestro brother”. Ahora nos toca a todos seguir fabricando recuerdos para engordar el comité. Le haremos al Papirri un homenaje póstumo en vida, pues. Solo se ve bien con el corazón, le dice el Principito al piloto, y añade: lo esencial es invisible a los ojos, como las canciones de Manuel, ese niño que nunca dejó de serlo; ese niño acurrucado por las zambas de Anita, su mamá, ternura hecha llaga en su alma.

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