Columnistas

No comprender una revolución

Proyectos políticos verdaderamente revolucionarios requieren consecuencia y compromiso.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Ernesto Ichuta Nina

01:05 / 26 de diciembre de 2016

El hecho destacado de este año que merece reconsideración es la muerte del líder de la revolución cubana Fidel Castro. Tal reconsideración vale la pena porque la desaparición de Castro motivó una serie de opiniones por parte de afines y detractores en un país como el nuestro, cuya particularidad del proceso de cambio parido por las condiciones democrático-representativas permite comprender en perspectiva un acto verdaderamente revolucionario.

Así, quienes ante el deceso de Castro expresaron con más o menos exactitud que ese hecho no tenía más que celebrarse, haciendo comparsa a los “filisteos” de la revolución residentes en Miami, justificaron su opinión a través de los valores liberal-democráticos, desdeñando de ese modo el significado de lo políticamente alternativo en un mundo en el que la globalización democrática aparece asociada con la profundización de las desigualdades. Lo irónico es que esos aversivos se reclamaban a sí mismos como críticos de las injusticias.

Por otro lado, la opinión de los aversivos estuvo modulada también por un pacifismo que desestima la vía violenta como mecanismo de acción revolucionaria. Pero ello supone desconocer los alcances de una verdadera revolución, término tan descuidado en este estado posmoderno del alma social en el que la laxitud conceptual y la deconstrucción de los metarelatos no permite que se cuajen proyectos alternativos, debido a la liquides de ese estado social. Una revolución supone una acción violenta per se, porque destruye estructuras y modifica las condiciones objetivas de existencia bajo principios de radical transformación. Por eso, en América Latina se cuentan muy pocas experiencias históricas de esa naturaleza frente a un reformismo pacifista común de los “cambios democráticos”.

Otro de los argumentos de los filisteos, término con el que Marx y Lenin solían señalar a los antirrevolucionarios, consistía en asociar el atraso y la pobreza de los cubanos a la experiencia socialista. Pero varios analistas contraargumentaron esta ceguera señalando que la causa de ello no fue el régimen, sino el entorno adverso que llevó a que el imperialismo norteamericano condenara a Cuba al bloqueo económico, a pesar de lo cual los logros sociales del régimen castrista fueron sobresalientes. A ello habría que añadir que ese estrangulamiento económico supuso el costo que la revolución tuvo que pagar por su grado de compromiso con el marxismo-leninismo, según el cual las condiciones objetivas exigían la práctica revolucionaria permanente en un solo país. Por esto, los críticos señalaban la centralización del poder como otro de los pecados de la revolución, la cual, según el marxismo-leninismo, supone la vía de consolidación de la revolución, por lo que al régimen castrista no se le puede acusar de inconsecuencia ideológica.

Finalmente, el argumento preferido por los detractores del castrismo consistía en señalar la limitación de las libertades individuales como la más grave afrenta de ese régimen a la natural condición humana. Pero en un mundo capitalista que se reproduce sobre principios liberales, los aversivos no comprenden las necesidades de una revolución, que sobre la base de la modificación de las condiciones objetivas de existencia debe estructurarse subjetivamente mediante nuevos valores y principios morales.

Por tanto, aquellos jueces de la historia que asumieron un rol pseudocrítico definieron lo políticamente incorrecto de la experiencia cubana con base en el manojo de sus prejuicios, y una condición objetiva definida quizá por su posición y su interés de clase que impide comprender proyectos políticos verdaderamente revolucionarios, los cuales requieren consecuencia y compromiso, y no de papeletas electorales.

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