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Estar conectado o morir

Los ojos de ahora ya no se asombran, el brillo de la tecnología los ha enceguecido

La Razón Digital / Édgar Arandia / La Paz

00:00 / 30 de octubre de 2016

Desde niño me fascinaron los dibujos de Leonardo da Vinci (1452-1519). Ahora tengo entre mis manos toda su obra gráfica reunida en un bello libro. Tiene 17 apartados referidos cada uno a un tema, desde la anatomía humana hasta sus dibujos cartográficos. Todos de una exquisita factura, cuya principal meta era descubrir los resquicios que la naturaleza nos ocultaba y que lo sigue haciendo hasta ahora. Muchos misterios son develados con el auxilio de la tecnología, pero la manera en que Da Vinci miraba las cosas de su entorno y a las personas con las que compartía su vida es inigualable; no se puede comparar ni con la exactitud de la fotografía. Los ojos humanos son más poderosos porque están dispuestos horizontalmente y son dos; mientras que las cámaras fotográficas siguen siendo tuertas y no perciben la tercera dimensión ni los rasgos más nítidos de los primeros planos. El dibujo tiene la virtud de ser un lenguaje inmediato, una escritura que devela no solo a un sujeto, sino que da un paso más allá: convierte en presencia la ausencia, hace visible lo invisible. Copiar es muy diferente a dibujar.

El que sabe dibujar puede crear un mundo paralelo a la realidad, apartarse de ésta y mirarla desde abajo, desde arriba o desde la luna. Cuando me preguntan por qué me gusta hablar de política y no de arte, siempre respondo: porque el mundo es feo y hay que cambiarlo. Es un problema estético.

La potencia que tiene una imagen puede provocar una multitud de interpretaciones, por eso es polisémica y su manejo requiere de responsabilidad cuando ésta se vuelve pública. Puede herir a las instituciones, a las personas y generar actitudes hostiles contra sus autores. En las dictaduras militares que asolaron dos décadas en Bolivia muchos dibujantes fueron agredidos, encarcelados, exiliados; y sus obras, destruidas, como el caso de los murales del Palacio Quemado (1964) o el asalto a la exposición de Diego Morales (1980), entre otros casos. En una sociedad sin derechos humanos ni Defensoría del Pueblo, sin organizaciones sociales, el dibujo con carga política se convierte en un instrumento de comunicación inmediata, pero su radio de acción es momentánea, no dura mucho tiempo; lo que queda es la idea y no el comportamiento, es decir, que no cambia nada. Su utilidad es efímera porque si es aislada de un proyecto político, se pierde en la nebulosa de los francotiradores.

En cambio, en un Estado con instituciones democráticas el dibujo se convierte en un show, porque todos opinan, sobre todo si se ataca a instituciones consagradas como pilares del poder. Es una vieja táctica para lograr resonancia mediática, un truco para que la “maquinaria de la conciencia” a la que hacía referencia Theodor Adorno cuando hablaba de los medios se haga cargo de su difusión, logre ranking, se convierta en negocio y luego de tres días busquen un crimen o un escandalete para que todo siga igual.

La polución de imágenes a las que nos someten todos los días hace que la sociedad se vuelva pasiva, porque lo importante es ver y no creer. Los hijos son educados por la televisión basura a la que acceden más de cuatro horas diarias. Los padres están trabajando para conseguir recursos y pagar también internet, cuya invasión informativa es imposible de controlar, o como ahora, que es un prurito incontenible el de reducir el mundo a una pequeña pantalla y estar “conectado”. El tontódromo de la plaza colindante con el Monoblock de la UMSA es un escenario donde los nuevos zombis se preparan para dirigir los destinos del Estado. Cuando un juego se convierte en una obsesión, es porque no existen preocupaciones que estimulen el pensamiento crítico, y la anomia comienza su trabajo de erosión de las utopías.

La belleza se ha escondido en el pasado, los ojos de ahora ya no se asombran, el brillo de la tecnología los ha enceguecido. Cuando recalo en este punto, apelo al viejo cuento guaraní del duende que tiene las patas hacia atrás y que, cuando avanza hacia adelante, ve el pasado, y cuando retrocede, ve el futuro. La tecnología que manipula la imagen nos ha llevado hasta la luna y nos cuesta volver a la realidad.

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