Columnistas

El conflicto obrero

Con el cierre de Enatex los obreros han percibido la fragilidad de su condición.

La Razón (Edición Impresa) / Roberto Laserna

22:58 / 08 de julio de 2016

El cierre de la Empresa Pública Nacional Textil (Enatex) ha desatado un fuerte conflicto entre el movimiento obrero sindicalizado y el Gobierno. Tres paros escalados y movilizados han abierto el diálogo, pero éste, incluso si concluyera con un acuerdo, podría no cerrar el conflicto. El Gobierno no quiere sostener una empresa que ya se tragó varios millones y que no encontró nunca los mercados solidarios, y tiene la dificultad de modificar otras normas legales como lo exige la COB.

Para los obreros hay más en juego. América Textil S.A. (Ametex) era la empresa industrial más grande del país y quizás la única que estaba llegando a los mercados más exigentes en un rubro de enorme competencia. En cierto sentido era una suerte de imagen objetivo de lo que podía ser la industria boliviana. Pero si la mejor y más grande se desmorona, la vulnerabilidad del resto queda expuesta. Si la empresa líder cae, aun teniendo todo el apoyo político y económico que puede dar el Gobierno, ¿en qué quedan las demás? Con el cierre de Enatex los obreros han percibido la fragilidad de su condición.

Los obreros han sido aliados del Gobierno, pero su política económica los ha perjudicado. Cierto que el salario mínimo aumentó, que hay un doble aguinaldo y que es difícil despedir obreros. Pero estas buenas intenciones han empedrado el camino del desempleo. El aumento de los costos laborales desalienta inversiones o empuja a las empresas a ahorrar mano de obra, especialmente la de los trabajadores más caros, antiguos y experimentados. Por eso, sin haber bajado su participación en el producto total, ha caído significativamente la participación de la industria en el empleo. En 2005, el 16,7% de la población ocupada urbana eran obreros industriales, para 2012 son el 13,2% (datos de UDAPE). En los varones la caída es mayor.

A su vez, los salarios reales, es decir, medidos por su capacidad adquisitiva, no mejoraron para los obreros. Los datos del INE indican que, en promedio, en 2015 el poder adquisitivo de los salarios reales en la industria textil y de calzado era solo el 87% de lo que era 10 años antes. El aumento del mínimo y las políticas que protegen a los trabajadores prohibiendo su despido han tenido un efecto adverso. Para los empleadores, la imposibilidad de despedir trabajadores aumenta el riesgo de contratarlos. Y en la base de la pirámide, los jóvenes se encuentran compitiendo con los más experimentados, obligados a aceptar salarios de principiante. Por eso cayó el salario medio real.

Ahora bien, en el diálogo COB-Gobierno se tratan los temas inmediatos del conflicto: el empleo para los obreros de la empresa cerrada, el régimen de permanencia de los demás. No hay cabida para los problemas de fondo que suponen reconocer las paradojas del mercado laboral y las contradicciones de la política económica. Si, como hemos visto en estos años, la inamovilidad causa desempleo y el aumento de salarios impuesto por la fuerza termina bajándolos, lo que se necesita es un cambio de políticas que promueva la inversión manufacturera y permita su integración a mercados más grandes con tasas de cambio realistas. Solo así aumentarán las oportunidades de empleo y, con ellas, las remuneraciones. Hacer más rígido el mercado laboral, aumentar remuneraciones sin tomar en cuenta la productividad y el acceso a los mercados, proteger la industria con mayores aranceles o promover créditos para el sector será dañino mientras sea más rentable importar que producir, sigamos aislados de los mercados internacionales y sigamos poniendo presión laboral y tributaria sobre los pocos industriales que quedan. Abierto el diálogo, ¿no será posible abrirse a una reflexión más amplia?

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