Columnistas

Los conflictos no terminaron

El poder político debe servir para promover la paz y el bienestar común, no para buscar aplausos

La Razón / José Gramunt

00:48 / 01 de julio de 2012

Yo no recomendaría que, una vez pasadas las amargas jornadas de junio, algunos se imaginaran que llegaron los días de paz y tranquilidad. Hay que ser realista y admitir que el conflicto, como perversa institución fomentada por ideologías desmadradas, el conflicto, digo, es el estado artificioso de quienes parecen ignorar que el poder político es para servir a la paz y el bienestar común, y no para buscar aplausos a fuerza y de agitar pasiones colectivas. El conflicto provocado, que tal vez pueda ser utilizado para ganar votos en una sociedad políticamente subdesarrollada, sólo sirve para hacer rebrotar los peores instintos y resulta negativo para el progreso laborioso y pacífico de la nación.

Así que nada de soñar con angelitos. Todavía quedan por resolver muchos problemas. Los que la condición humana crea por sí misma y los que provoca la incapacidad gubernamental para negociar “como gente”. Pongamos por caso la IX marcha del TIPNIS. Los marchistas de las tierras bajas, a quienes el Sr. Presidente no accede a recibir en la plaza Murillo, patrimonio exclusivo e intransferible de Don Evo Morales y de sus relampagueantes vehículos de seguridad.

Los Colorados de Bolivia son un simple adorno, como los soldaditos de plomo con los que jugábamos a guerras en nuestra infancia. En vista de la displicencia de Sr. Presidente, el dirigente originario Rafael Quispe ha aplicado a Don Evo igual desdén cuando dijo: “No importa si nos reunimos con el barrendero (de Palacio), pero que tenga poder de decisión”.

Para conversar constructivamente con los legítimos originarios del TIPNIS, todavía queda pues domesticar a las fieras Bartolinas y a los iracundos Ponchos Rojos teledirigidos desde los despachos oficiales. Con todo, la llegada de los marchistas a la sede de gobierno mereció el aplauso y el afecto de una gran mayoría de la población, lo que hay que interpretar como un voto de censura al Gobierno.

Hay más, mucho más. Para domar a la Policía levantisca no bastan unos pesitos más. Hay que empezar poniendo orden y disciplina a la misma academia, en donde actualmente dizque se forman a los futuros oficiales del instituto armado; varios de ellos, ingresados en la escuela de formación, a base de talegazos de sus parientes y amigos. Con la reforma de los alevines de la fuerza pública todavía queda por hacer la tarea más difícil, es decir, poner orden a una oficialidad de la que el común de la gente no se fía. El Ministro de Gobierno tiene aún mucha tela que cortar. Si le dejan sus máximas autoridades.

Los avasallamientos de las minas es otro dolor de cabeza para el Gobierno y para la economía extractiva que es la única que se mantiene. Pero en este caso se comprueba el error gubernamental que alentó los conflictos mineros para derrocar al neoliberalismo y a lo que el Vice llama “la derecha”. Se ha repetido hasta la saciedad que el actual Gobierno no ha mostrado capacidad de gestión para impulsar, con buenas bases, las industrias manufactureras. Lo que sí parece caminar por buen camino son las pequeñas empresas, gracias al micro y mediano crédito que otorgan los bancos de promoción al desarrollo. En este terreno florece una nueva clase media que tampoco desea conflictos, sino paz y trabajo.

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