Columnistas

Jorge Lazarte, ‘in memoriam’

Su conversión democrática no la marcó la conveniencia: tenía el valor personal y la moral para luchar.

La Razón (Edición Impresa) / Fernando Molina

23:23 / 11 de diciembre de 2019

Solía contar, cuando él estaba presente, la siguiente anécdota. Corría seguramente 1983 o 1984 y él era asesor de la Central Obrera Boliviana (COB) y uno de los intelectuales cercanos a la entonces gobernante Unidad Democrática Popular (UDP). Yo era un estudiante de economía que militaba en el trotskista Partido Obrero Revolucionario (POR). Jorge Lazarte aún no había dejado la izquierda, pero sí el dogmatismo determinista del marxismo vulgar. Coincidimos en el paraninfo universitario. Era amigo de una amiga con la que yo estaba en ese momento. Hablamos los tres. Quise imponer mi criterio sobre el suyo recurriendo a una fórmula que, entonces, se me antojaba irrefutable: “Así operan las leyes de la historia”. Normalmente, en aquella época, esta alusión era o irrefutable o únicamente contrarrestable con una interpretación mejor, aún más determinista, de las mentadas leyes históricas. Lazarte, en cambio, me respondió con una pregunta hereje: “¿Cuáles leyes de la historia?”, pregunta que entonces se me antojó prueba de extravío ideológico, pero que, con el pasar del tiempo, cuando llegase el momento en que yo también comenzaría a “extraviarme”, me serviría por su carácter memorable (uno suele recordar bien aquello que, por algún motivo, ha relacionado con una emoción. En este caso, con una admiración y una duda soterradas) y por provenir de un boliviano que todos consideraban inteligente.

En verdad era inteligente y un extraordinario expositor de ideas. Su elocuencia se afirmaba en esa retórica “chola”, a la vez rústica y poderosa, que es propia de muchos intelectuales “collas”; y en su capacidad de hablar como si estuviera leyendo un escrito previamente preparado, y de escribir con la misma plasticidad y la misma poderosa incorrección expresiva con la que hablaba.

Sus “balances políticos” eran fundamentales para todos los que queríamos entender lo que sucedía en nuestra turbulenta y sufrida patria. Los hacía en cada coyuntura y los exponía de manera pausada, golosa, resaltando siempre  —costumbre marxista de la que no logró desembarazarse— los intereses que estaban en juego, antes que las biografías y las anécdotas en las que tantos otros se enfrascaban.

Jorge era un converso a la democracia, a la que llegó a fines de los ochenta. Como todo converso, y siendo una persona estudiosa, solía estar mejor informado de los argumentos que abonan la necesidad de un “Estado de derecho” que muchos liberales de origen. Su conversión no la marcó la conveniencia: tenía el valor personal y la moral para luchar, el momento menos pensado, por ideas supuestamente anticuadas y poco populares.

Pese a su talento para medir y calcular la política, no era un oportunista. Surfeó sobre la ola durante los años noventa, época en la que se convirtió en el mejor intérprete de la “democracia pactada” y así contribuyó a la definición del pensamiento neoliberal boliviano. Cuando esta era acabó, no trató de acomodarse junto al predominante MAS y su gobierno; se mantuvo crítico —también algo amargado, todo hay que decirlo— hasta el final.

Su trabajo como vocal electoral y como asambleísta constituyente serán muy recordados ahora, que acaba de morir, pero se olvidarán pronto. Perdurará, en cambio, su obra escrita, al menos hasta dónde puede preverse.

En 2015 escribí un libro (Los otros del bicentenario) que hablaba de esta obra como una de las mejores expresiones de liberalismo político moderno en Bolivia. Sin embargo, de todos los suyos, el texto que más me gustó fue uno previo: su breve y aún insuperada historia de la COB, publicada por la Fundación Friedrich Ebert Stiftung (FES).

Era algo vanidoso, como muchos intelectuales, pero al mismo tiempo, en cierto sentido, era humilde o, mejor, un hombre serio: siguió estudiando y siguió pensando con profundidad hasta que, pocos años atrás, cayó gravemente enfermo.

En 2004 viajamos a Madrid en una numerosa delegación que debía explicar la crisis boliviana de ese momento a los españoles. Lo recuerdo, entonces, con una cachucha vasca y un coqueto pañuelo al cuello, paseando por las calles que rodean la Plaza Mayor, devorando con los ojos a las bellas españolas con las que nos cruzábamos... Que así, muy vivo, se conserve en mi memoria.

* Periodista.

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