Columnistas

Un cuarto de siglo de La Razón

La Razón (Edición Impresa) / Aquí y ahora - Carlos Soria Galvarro

00:10 / 07 de junio de 2015

En mi prehistoria en el oficio periodístico salté del periódico mural colegial a los impresos en stencil que durante una larga etapa fueron el medio de expresión principal de nuestras inquietudes generacionales, cuando escribíamos combativos comunicados, denuncias, manifiestos, boletines y otros formatos panfletarios, muy propios de las confrontaciones políticas en las que participamos.

Qué curioso, el salto de agitador a periodista, o sea mi ingreso formal al oficio, lo hice por la vía de la radio, pero nunca dejé de valorar el texto impreso. Sabiendo que todos los medios, en última instancia, obedecen a una línea editorial impuesta por sus propietarios, siempre aprecié positivamente el rol informativo y educativo que los periódicos juegan, sobre todo si somos capaces de separar el trigo de la paja cuando los leemos. Por eso lamenté la desaparición, nunca explicada de modo convincente, de Presencia, Última Hora y Hoy, tres rotativos paceños que en varias décadas habían ya logrado forjar una tradición con destellos de buen periodismo.

Por eso también vi con gran expectativa la re-fundación de La Razón en 1990 (el primer periódico con ese nombre sustentado por uno de los magnates de la minería, solo lo conocí en las hemerotecas, había sucumbido el 9 de abril de 1952).

Hay dos elementos a considerar. Uno, el nuevo periódico nacía sostenido por un grupo de poderosos empresarios y se declaró, desde su primer número, abiertamente partidario del modelo neoliberal en curso y de la democracia pactada que lo hacía posible. Y dos, para desplegar su cometido, se armó un grupo de jóvenes brillantes y creativos, bajo la dirección de Jorge Canelas Sáenz, a quien se podía objetar su adhesión militante y sincera al proyecto neoliberal, pero era imposible negarle su condición de calificado periodista profesional. La explicación que encuentro, para yo mismo entender la peculiar relación que he tenido con este periódico, radica precisamente en ese segundo elemento.

Independientemente de sus recomposiciones internas y de los inevitables virajes de su línea editorial, producto de insondables cambios en el paquete de accionistas propietarios, se fueron construyendo lazos de una estable colaboración. Vínculos que solo pueden explicarse por afinidad periodística, pues no están mediados por cuestiones económicas y menos por simpatías políticas.

En tiempos de Jorge Canelas y Gustavo Guzmán publiqué una serie de notas dominicales sobre la nacionalización de las minas y colaboré en el suplemento Ventana, una plural tribuna democrática. Por acuerdo entre la Cancillería; el Centro de Documentación e Información (Cedoin), donde yo trabajaba, y La Razón, publicamos un memorable suplemento sobre el Che Guevara (octubre de 1996) con primicias del patrimonio histórico documental boliviano. Con Juan Carlos Rocha y Grover Yapura, además de continuar con eventuales colaboraciones, en entregas semanales lanzamos una exitosa segunda edición de los cinco tomos de recopilación documental sobre el Che en Bolivia.

Cuando Claudia Benavente asume la dirección, colaborada por Rubén Atahuichi, prosigue esa línea espontánea de cooperación, ofrecida por mí o solicitada por el periódico, según los casos. Esta columna nació en el Semanario Aquí cuando lo dirigía Antonio Peredo, se prolongó por varios años en el semanario La Época (tanto con Raúl Peñaranda como con Hugo Moldiz), tuvo una fallida incursión en la página digital de Erbol, para luego volver al redil, es decir, al medio impreso, a invitación de La Razón. ¡Enhorabuena, me siento afortunado de ser parte de un canal democrático de expresión!

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