Columnistas

La cuestión británica

Europa ya no se enfrenta a la cuestión alemana, sino a la cuestión británica.

La Razón (Edición Impresa) / Timothy Garton Ash

00:00 / 11 de enero de 2015

La canciller Angela Merkel va a visitar en Londres una magnífica muestra sobre Alemania en el Museo Británico. Lo que necesitamos que haya es una exposición sobre Gran Bretaña en un museo de Berlín. Porque Europa ya no se enfrenta a la cuestión alemana, sino a la cuestión británica.

“¿Pero, dónde está Alemania?”, preguntaban Goethe y Schiller; hace mucho tiempo de eso, y hoy todo el mundo pregunta: “¿Pero, dónde está Gran Bretaña?”. La cuestión tiene un aspecto interno y otro externo. El externo: ¿se irá Reino Unido de la Unión Europea (UE)? El interno: ¿qué va a hacer Reino Unido con las demandas inglesas de más autogobierno, después de Escocia?

Si los británicos fueran alemanes, emprenderían una serie de acuerdos constitucionales que especificaran qué hacer en cada nivel: europeo, federal (británico), nacional constituyente (Inglaterra, Escocia, Gales, Irlanda del Norte), regional, municipal, local. Creo que esa debería ser nuestra meta, un Reino Federal de Gran Bretaña dentro de una Unión Europea confederal. Sin embargo, como decía el primer ministro conservador del siglo XIX Benjamin Disraeli, Inglaterra no está gobernada por la lógica, sino por el Parlamento.

Por consiguiente, todo depende de qué Parlamento salga de las elecciones generales el 7 de mayo. Son los comicios más abiertos que recuerdo porque, debido al sistema electoral británico de mayoría simple, es imprevisible la repercusión del posible traspaso de votos hacia los partidos pequeños: Demócratas Liberales, Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), Partido Nacional Escocés (SNP), Verdes, nacionalistas galeses y los partidos de Irlanda del Norte. Como consecuencia, hay especulaciones preelectorales sin fin sobre las múltiples permutaciones posibles. Atrás quedó la sencilla pregunta de mi niñez: ¿tendremos un gobierno conservador o laborista?

Casi todos los analistas creen que habrá un Parlamento dividido, sin mayoría absoluta, cosa que ocurre todo el tiempo en muchos parlamentos de la Europa continental, de los que salen gobiernos de coalición o de minoría tolerada. Si nuestros resultados divididos (es decir, normales en el resto de Europa) no permiten un gobierno estable, se habla de convocar otras elecciones adelantadas. Ian Birrell, que escribió discursos para David Cameron, mencionó la posibilidad de un “gobierno nacional” que reúna a los dos grandes partidos; otra cosa perfectamente normal en Alemania, donde lo llaman “gran coalición”.

Desde luego, la máxima preocupación de los votantes no va a ser el futuro constitucional del país. La economía, el empleo, la inmigración, el servicio nacional de salud, el gasto público, el déficit y la deuda estarán por delante. Pero la cuestión británica puede ser el factor decisivo entre los votantes ingleses.

Y resulta que, a punto de comenzar la campaña electoral, los conservadores de Cameron parecen tener una respuesta mucho más precisa a esta cuestión que los laboristas de Ed Miliband. Cameron propone un referéndum sobre la pertenencia de Gran Bretaña a la UE en 2017 y, en política nacional, “que los ingleses voten las leyes inglesas”. Los conservadores utilizan la imagen de los laboristas dictando políticas a Inglaterra con los votos de los nacionalistas escoceses con escaño en Westminster, encabezados por Alex Salmond (los conservadores tienen una sólida mayoría de representantes de los distritos ingleses). Su política contra la inmigración pretende atraer a los votantes del UKIP con el mensaje de “Inglaterra para los ingleses”. Y si el votante entiende “inglés” en términos exclusivamente étnicos, el encuestador tory cambia de tema.

Los conservadores parecen tener una respuesta más precisa, porque, como tantas otras iniciativas del antiguo relaciones públicas David Cameron, la publicidad es la parte más llamativa. Si miramos detrás de los carteles encontraremos cartón, cinta adhesiva y cajas de Pandora oxidadas. Por ejemplo, es absurdo pensar que es posible resolver en un sobre, en solo unos meses, un enigma que trae de cabeza a los políticos británicos desde el siglo XIX: ¿qué quiere decir exactamente la autonomía para Inglaterra, y cómo se compagina con la autonomía para los demás?

Una solución seria debe incluir el traspaso de poderes a las ciudades, los condados y los gobiernos locales ingleses. Exige también una reforma total de la Cámara de los Lores. Aunque también en ella hay algunos conservadores que, por lo menos, parecen tener grandes ideas. El columnista conservador Charles Moore destacó el sábado en The Daily Telegraph una extraordinaria propuesta del líder tory en la Cámara alta, lord Salisbury. Según él, para salvar Reino Unido, la Cámara de los Comunes debería convertirse en Parlamento de Inglaterra, y la Cámara de los Lores debería sustituirse por una Cámara alta electa para todo el reino, que solo se ocuparía de los asuntos cuyas competencias no están traspasadas, como defensa, política exterior y el presupuesto nacional (¿o federal?). El primer ministro tendría un escaño en esa nueva Cámara.

Y eso lo dice el heredero de una de las grandes dinastías conservadoras del país, con antepasados como el tercer marqués de Salisbury, que defendió los poderes de la Cámara de los Lores, y el quinto marqués, que a partir de 1945, y en una genuina plasmación de lo que decía Giuseppe Tomasi di Lampedusa (“cambiar las cosas para que nada cambie”), contribuyó a perpetuar la existencia de la Cámara disminuyendo sus poderes. Qué tiempos son éstos en los que el séptimo marqués de Salisbury propone una reforma constitucional más radical que cualquier cosa surgida de los bancos laboristas.

Tal vez el Partido Laborista esté restallando de ideas nuevas sobre la cuestión británica, pero, si yo no consigo verlas, dudo que las vea el votante indeciso. Sobre la relación con Europa, los laboristas dicen que debemos permanecer en la UE, trabajar desde dentro para que se hagan reformas y no convocar ningún referéndum hasta que haya algún cambio significativo, como un nuevo Tratado de la Unión, sobre el que haya que decidir. A propósito de Inglaterra, Miliband dice que deberíamos celebrar un congreso constitucional y resolver todas estas cuestiones, verdaderamente complicadas, como es debido. Ambas son propuestas de lo más razonables, coherentes desde el punto de vista intelectual y con las que simpatizo enormemente, pero de escaso atractivo emocional para el votante inglés insatisfecho. En cuanto a Escocia, Miliband está casi obligado a balbucear, dado que el Partido Laborista Escocés está haciendo todo lo posible para recuperar votantes que se han ido a los nacionalistas. ¿Y qué dirá si se le exige que descarte de antemano toda posibilidad de gobernar en Westminster con el apoyo tácito de esos nacionalistas escoceses? “¿No contesto a preguntas hipotéticas?”. Vaya tontería.

Hace unos años hubo un primer ministro laborista llamado Gordon Brown que tenía tantas ganas de abordar la cuestión británica que incluso quiso definir qué era ser británico, un ejercicio que nosotros mismos tradicionalmente consideraríamos poco británico. Esa introspección tan intelectual se la dejamos a los alemanes, porque lo que les caracteriza, según Nietzsche, “es que la pregunta ¿qué es lo alemán? siempre está viva para ellos”. Pero ahora nos toca a nosotros. Mientras que los alemanes están más interesados en sus victorias futbolísticas que en la búsqueda de la identidad nacional, los británicos no dejamos de preguntarnos “¿qué es lo británico?”. A no ser que los laboristas den una respuesta más clara, me da la sensación de que los conservadores obtendrán votos de la cuestión británica dándole un giro muy inglés.

(*) Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

 

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