Columnistas

De la cumbre el alto nombre

Es una cumbre para reacomodar la carga en medio del río para ver quiénes y cómo llegan a la otra orilla

La Razón / Rubén Vargas / La Paz

00:00 / 11 de diciembre de 2011

Todo indica que este año no terminará, como el anterior, con un gasolinazo para profundizar el proceso de cambio sino con una cumbre también para profundizar el proceso de cambio. Como se ve es un asunto bastante profundo. Y coherente: en realidad, la cumbre convocada por el Gobierno para el 12 de diciembre de 2011 es una consecuencia del gasolinazo del 24 de diciembre de 2010.

No hay mucho misterio. El gasolinazo (y su simpatiquísimo complemento, literalmente a posteriori, el reculazo) tuvo por lo menos dos efectos. Por un lado, despojó al MAS de un componente central de su discurso ideológico y político: su antineoliberalismo. Y por el otro, marcó el inicio del alejamiento de la Central Obrera Boliviana (COB) del esquema del poder. La huelga general de abril y la decisión de la COB de no asistir a la cumbre dejan la cosa muy clara.

Por su parte, el conflicto del TIPNIS y su desenlace también tuvo un par de consecuencias que igualmente explican la necesidad de la cumbre. Primero, despojó al MAS de otros componentes centrales de su discurso que en su momento le dieron grandes réditos: echó por la borda su indigenismo y su defensa de la Madre Tierra. Simplemente, no hay tal. Segundo: la conducta del Gobierno acabó por quebrar el Pacto de Unidad, posiblemente el hecho político más importante de la etapa previa, pues hizo posible la Asamblea Constituyente y la nueva Constitución. Para el Gobierno, los indígenas de aliados pasaron a enemigos.

Si a estos dos hechos, en un año verdaderamente aciago para el MAS, se le suma el fiasco de las elecciones judiciales de octubre la cosa se pone aún más oscura. La sinuosa conformación del Poder Judicial y el comportamiento del Poder Electoral dejaron en claro lo que podemos esperar de la construcción de la nueva institucionalidad emanada de la Carta Magna. El “cambio”, otro elemento central del discurso oficial, mostró un rostro muy poco agradable. Pero eso no es todo. El MAS fue derrotado estrepitosamente en las urnas. La cantidad de votos blancos y nulos no admiten otra explicación que no sea la explicación política.

Con todos estos elementos, el balance de las arcas ideológicas y políticas del Gobierno ha debido arrojar alarmantes  número rojos. ¿Qué hacer ante tanto traspié y retroceso? Pues una cumbre. La idea tiene mucho sentido si de lo que se trata es de recomponer el esquema de poder y de dotarse, si ello es posible, de un nuevo discurso. Los aliados más fuertes del Gobierno, es decir cocaleros, colonizadores y campesinos de la CSUTCB, tiene sus propios intereses (entrar a saco en el TIPNIS es uno de ellos) y sin duda la cumbre también será una oportunidad para medir fuerzas. Es una cumbre, entonces, para reacomodar la carga en medio del río para ver quiénes y cómo llegan a la otra orilla. Y la otra orilla se llama elecciones generales de 2014. 

Como se ve, no hay mayor misterio.

El verdadero misterio es otro. ¿Cuánto costará la cumbre? Erbol ha hecho un cálculo simple: ha sumado el costo de la alimentación y el hospedaje de los 509 delegados en la Casa Campestre con el siguiente resultado: por lo menos 274 mil bolivianos. Ante esto, el Vicepresidente del Estado ha declarado: “Cualquier tipo de gasto que se realice será bastante austero en comparación a cualquier otra cumbre”. Y para ser más preciso dijo que no costará 20 ó 30 millones de dólares como una cumbre organizada por el neoliberal Sánchez de Lozada (¿cuál?), ni 400 millones de dólares como “la elaboración del Código de Procedimiento Penal”. La ventaja de tener un matemático en el timón del Estado.

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