Columnistas

Una danza sí, una casa no

La Razón (Edición Impresa) / Tribuna - Ismael Carvajal Vogtschmidt

00:00 / 24 de septiembre de 2017

Caso 1. Sábado 11.30, norte de Chile, un grupo de estudiantes comienza su paso por una céntrica avenida al ritmo de caporal boliviano, un caporal que además de mostrarse improvisado, está pésimamente producido, coreográficamente incorrecto y estéticamente impresentable. Se lo puede ver gracias a la transmisión en vivo que los usuarios de redes sociales difunden a gusto y placer. Al observarlo con detenimiento en territorio boliviano, los únicos sentimientos que genera esa presentación callejera es indignación, repudio, molestia, manifestaciones públicas de asombro y enojo, en resumen: una verdadera ofensa nacional. Se manifiestan las autoridades, los canales de televisión, las radios, y todos coinciden: “es una cachetada a nuestra cultura, a nuestra historia a nuestra tradición, a nuestras danzas y a nuestro civismo”.

Caso 2. Miércoles 15.40, ciudad de La Paz, otro grupo de personas comienza la demolición de una casa patrimonial de más de 120  años en pleno centro paceño. Esta vez, no hay transmisión en vivo; las manifestaciones de repudio, molestia o indignación se reducen a un grupo mínimo que denominaron “amantes de lo antiguo” que para los responsables de la nefasta acción simplemente están en contra del progreso. Al grueso de la población le da lo mismo, no siente indignación, o molestia, mucho menos que se esté pisoteando nuestro patrimonio o nuestra cultura como en el caso del caporal.

¿Por qué un mal baile nos ofende tanto y la demolición de nuestro patrimonio no nos produce ni siquiera un pequeño malestar?, ¿desde cuándo empequeñecimos tanto a la palabra cultura?, ¿por qué nos enfurece una morenada mal bailada o una chacarera mal zapateada y nos da lo mismo cuando se trata de nuestro patrimonio edificado, nuestro espacio público y nuestras ciudades?. Posiblemente sea porque son muchas las generaciones a las cuales desde pequeñas se educó bailando y no de frente y cara abierta a nuestras ciudades, porque desde niños la prioridad fue bailar para cualquier evento, sea Día de la Madre, Día del Padre, día de la primavera, festivales del kínder, escuela, colegio, etc. En fin, no se nos forma ni se nos formó con una conciencia de ciudad, con visitas a sus lugares típicos, a sus espacios históricos, a sus edificios emblemáticos, a sus museos, no nos involucramos con su historia, con sus personajes, con sus barrios o detalles y así crecimos, con una indiferencia y un desapego hacia nuestras urbes que asusta. Por lo tanto, no extraña que no nos importe lo que le pasa, y siempre y cuando no nos afecte directamente, todo lo demás es irrelevante, por eso la ensuciamos, la escupimos, la orinamos y la pisoteamos sin ninguna contemplación.

Debemos ser capaces de reconocer que nos estamos equivocando, que se equivocaron con nosotros y no debemos permitir que se siga educando con esta perspectiva sesgada. Por que nos debe ofender igual si se trata de nuestros edificios históricos, nuestros monumentos, nuestras calles, que son igual de importantes y que representan de igual manera nuestra tradición, nuestra cultura y nuestra bolivianidad, así como nuestros caporales o nuestras cuecas. Es imperativo incorporar ese sentido de pertenencia hacia nuestras ciudades no solo con nuestras danzas, nuestra música o nuestro folklore, sino también a nuestro patrimonio edificado. Estamos en un momento muy delicado, donde los principales depredadores de ese otro legado histórico que es el arquitectónico son nuestras autoridades que están —en teoría— obligados a defenderlo; pero, por el contrario, son los primeros en despreciar y cuestionar su valor, su significado y su importancia. Debemos ampliar el significado de la palabra cultura, enseñemos que es un concepto más amplio, que involucra un todo y no solo algunas partes  y entenderemos que hay mucho,  pero mucho más que defender.

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