Columnistas

La danza de la desconfianza

Me parece poco lógico que le pidan  al periodista hacer  el trabajo que ellos tienen que hacer.

La Razón (Edición Impresa) / Pablo Rossell Arce

00:00 / 25 de mayo de 2014

Fue el Procurador quien tiró la primera piedra: acusa a Ricardo Aguilar, periodista de La Razón, por “espionaje” y por “revelar secretos de Estado”. Para que no queden dudas de las intenciones del Procurador, la directora del periódico, Claudia Benavente, es también acusada de “complicidad”.

El “crimen” de Aguilar fue sistematizar información y análisis con relación a la demanda contra Chile en la Corte Internacional de Justicia para abrir la vía jurídica de regreso al mar. ¿Espionaje? ¿Revelación de secretos de Estado? Suena improbable. Si usted es espía, y se cubre como periodista, lo último que va a hacer en su vida es publicar como periodista las cosas que usted conoce como espía. ¿Ser periodista es su fachada, recuerda? Un buen espía trataría de pasar los datos de manera escondida al “enemigo”. Un mal espía haría exactamente lo mismo, pero se haría pillar con el secreto de Estado escondido en sus calzoncillos. Ninguno de los dos cometería la estupidez de publicar lo espiado en el más grande medio escrito del país.

Las autoridades sostienen que lo que en realidad quieren es el nombre del “infidente”. El “infidente” —supongo yo— es parte de ese pequeñísimo grupo de expertos en relaciones internacionales que salió en la foto de la noticia el día en que nuestro país entregó su memoria al tribunal de La Haya. Todos ellos dependen de la Cancillería. Ergo, si hay alguien que debe desenmascarar a alguien, pues son las autoridades de la Cancillería. Me parece poco lógico que le pidan al periodista hacer el trabajo que ellos tienen que hacer.

La nota sabrosa del asunto la da el juez de la causa, quien, con una premura impropia del principiante menos aventajado, solicita —con plazo perentorio— que La Razón levante el secreto de fuente... ¡antes de escuchar en audiencia a los acusados! Pero lo más pintoresco, para una historia provinciana como pocas, es la respuesta de los colegas periodistas que se sitúan en el bando escéptico de la vida: “Cortina de humo” se le escuchó decir a la Sra. Cajías. “Tramoya” escribió el Sr. Peñaranda.

Hasta acá, todos hacen su trabajo: el periodista de La Razón hace periodismo y —cual corresponde— defiende su fuente; el Procurador procura la cabeza de alguien; pero ¿y los otros periodistas? ¿No se espera que se pronuncien defendiendo un principio fundamental de su oficio? Pero no, la atención de las personalidades de la Asociación de Periodistas de La Paz está en señalar que el Gobierno encubre a uno de sus medios “paraestatales”... iniciándole un juicio penal (curiosa manera de encubrir, digo yo). La atención de Peñaranda está en señalar que todo es una tramoya para desmentir los descubrimientos de su recientemente editado Control remoto, como si el universo entero se diera la molestia de girar alrededor de 200 páginas de una investigación sin fuentes documentales. Eso, si es que Peñaranda no discute acerca de su puntilloso conteo de publicidad estatal que deja de publicarse en el periódico que él fundó.

Parece poco sensata esta postura centrada en el marketing, en la oportunidad política de atacar al Gobierno o en la simple figuración. Pero el juicio es real: es real el juez, es real la amenaza de cárcel para los periodistas de La Razón y es real el intento de vulnerar el principio sagrado para (¿todos?) los periodistas de proteger el secreto de fuente, que es un principio que tiene que ver con el ejercicio universal del periodismo. Nos damos un tiro en el pie si lo vendemos por unos pesos de publicidad estatal, o a cambio de una sexta edición del último “bestseller”  boliviano.

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