Columnistas

En defensa del Partido Republicano

Un partido sin fuerza interna y capacidad no puede dar forma al programa político

La Razón (Edición Impresa) / Fareed Zakaria

02:24 / 30 de abril de 2016

Luego de descubrir recientemente cómo funciona en realidad el proceso de designación en el Partido Republicano, Donald Trump está furioso. “Quieren mantener a las personas alejadas (...) Esta es una trampa sucia”, bramó. De hecho, el Sr. Trump está en lo cierto en lo primero y equivocado en lo segundo. Evidentemente, los partidos políticos poseen mecanismos para “mantener a las personas alejadas”; pero lejos de ser una trampa, ese es el punto crucial que hace que los partidos sean valiosos en una democracia.

Clinton Rossiter comienza su clásico Parties and Politics in America (Los partidos y la política en Estados Unidos) con la siguiente declaración: “No existe Estados Unidos sin democracia, ni la democracia sin la política, ni la política sin los partidos”. En un país tan grande y diverso, para que se hagan las cosas, las personas necesitan algunos instrumentos para guiar el sistema político, organizarse, dirigir intereses particulares e ideologías, y para negociar con otros que poseen intereses y opiniones diferentes. Los partidos políticos han jugado este rol tradicionalmente en Estados Unidos. Además, lo han desempeñado con frecuencia como contrapartida a las pasiones momentáneas del público.

En el centro del partido político estadounidense se encuentra la elección de su candidato presidencial. Este proceso se controlaba antiguamente por élites del partido: alcaldes, gobernadores, legisladores. En los comienzos del siglo XX, se sumó un mecanismo adicional para probar la factibilidad de un candidato en el periodo de campaña: las primarias. Aun así, entre 1912 y 1968, el hombre que ganó las primarias presidenciales de un partido se convirtió en el nominado en menos de la mitad de las veces. Dwight Eisenhower no fue electo por votantes en la elección primaria, sino en una convención compleja y disputada. El año en el que las cosas cambiaron fue 1968. El radicalismo que dominó al Partido Demócrata también dejó a un lado sus reglas para elegir a los candidatos, favoreciendo a las primarias por encima de todo. Los republicanos copiaron a los demócratas, y pronto los partidos tuvieron el sistema que tenemos actualmente. Para elegir a sus candidatos para la elección de noviembre, los partidos simplemente convocan elecciones pasadas. En este sentido, Estados Unidos es casi único entre las democracias avanzadas. En la mayoría de las naciones los partidos políticos no han transformado el proceso electoral en un plebiscito.

En los hechos estos cambios han “vaciado” a los partidos políticos, convirtiéndolos en depósitos para el emprendedor político más exitoso del momento. Al describir estas tendencias en un libro sobre la democracia en 2003, escribí que sin partidos fuertes, todo lo que uno necesitaba para presentarse a las elecciones presidenciales era el reconocimiento del nombre y una máquina de recaudación de fondos. Entonces también sostuve que el sistema party-less sería bueno para “dinastías políticas, funcionarios famosos y políticos millonarios”. Los líderes de carrera de ambos partidos en 2016 encajan con esta descripción.

¿Cuál es el daño de este nuevo sistema abierto? Lo podemos ver ahora. Un partido sin fuerza interna y capacidad no puede dar forma al programa político. En cambio, simplemente refleja y amplifica las pasiones populares más ruidosas. El sistema antiguo se guiaba hacia una moderación, ya que era dirigido en gran parte por funcionarios locales y estatales que habían ganado elecciones generales y luego tenían que gobernar. Hoy en día, los delegados son electos por votantes de las primarias, una parte del país mucho más reducida que el total de electores y más extrema. Resulta irónico que las viejas salas llenas de humo eran, en cierto sentido, más representativas de los votantes en general que las primarias abiertas que rigen en la actualidad.

Los antiguos partidos obtenían sus fuerzas de las organizaciones vecinales, iglesias, uniones y agrupaciones empresariales locales. Los nuevos partidos son simplemente archivos de fichas giratorios de profesionales de Washington: activistas, ideólogos, recaudadores de fondos y encuestadores. Estos profesionales son más extremistas y menos prácticos y buscan convertir partidos grandes y diversos en acorazados ideológicos. La declaración de Rossiter sobre la democracia posee una última frase: “no existen los partidos sin compromiso y moderación”.

Las primarias no son las únicas reformas “democráticas” que han paralizado a los partidos políticos en Estados Unidos. En el Congreso, los líderes de los partidos solían ser capaces de formar una agenda y lograr que sus miembros la aprueben. Este sistema jerárquico comenzó a derrumbarse luego de las reformas de le época de Watergate, que abrieron el sistema, expandiendo el número de subcomités y moviéndose hacia elecciones internas del partido y votos abiertos. El resultado fue el caos, la disfunción y la parálisis. Al reflexionar sobre los cambios que introdujo su generación de políticos, el antiguo senador Joe Biden señaló: “Creamos más problemas de los que solucionamos... Nada salió como debía salir”.

El antiguo sistema está casi muerto. En la actual carrera republicana, el otrora partido de Lincoln está intentando resurgir para salvarse de un peligroso demagogo. Este no es un atentado contra la democracia. Las personas votarán en noviembre y ese voto es decisivo. Mientras tanto, presenciamos el esfuerzo de una de las instituciones centrales de la política estadounidense por moldear las opciones que enfrentan los votantes en la elección de noviembre. A veces para fortalecer a la democracia hay que restringirla.

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