Columnistas

En defensa del fútbol

El uso político del fútbol por parte del poder no significa necesariamente el robo de la esencia futbolera.

La Razón (Edición Impresa) / Yuri F. Tórrez

00:01 / 26 de junio de 2018

En medio del éxtasis futbolero que vive la ciudadanía por causa del Mundial en curso, los detractores —de antes y de siempre— han reaparecido con sus dardos mortíferos contra el fútbol. Casi remedando a Jorge Luis Borges, quien dijo “el futbol es para estúpidos”, las críticas se desempolvan revestidas discursivamente con el ropaje “antifútbol” asociando al entramado mafioso de la FIFA. El argumento es consabido: el fútbol forma parte de un negocio descomunal y corrupto. Así se cosifica esta práctica lúdica, convirtiéndola en una mercancía burda.  

Quizás los críticos no están alejados de la realidad. Empero, condenar a este deporte por la putrefacción que le bordea es una mirada miope. El fútbol trasciende la inmundicia que está detrás de los dueños del negocio. Genera emoción pura en la gente. No es un tóxico, el parangón que hacen de él con la droga es inapropiado. No sirve parafrasear a Marx para sostener que el fútbol es el nuevo opio del pueblo.

Ciertamente, los políticos se arrimaron a esta disciplina para transformarla en el “pan y circo” para el pueblo. Un ejemplo de ello fue la utilización del Mundial de 1978 por la dictadura argentina como una cortina de humo para esconder sus atrocidades. Incluso uno de los mejores jugadores de todos los tiempos, Johan Cruyff (referente de la “Naranja mecánica”) se negó a ser parte de ese espectáculo montado por el dictador Jorge Videla. Quizás con él en las filas de aquella “máquina de fútbol” que dicen que enamoraba a todos, Holanda hubiese ganado a Argentina en la final que se jugó en el estadio Monumental. El fascismo italiano impulsó otra muestra clara del uso del fútbol con fines políticos. Eduardo Galeano escribió al respecto: “La escuadra italiana ganó los mundiales del  34 y del 38 en nombre de la patria y de Mussolini”.

No obstante, el uso del fútbol por parte del poder no significa necesariamente el robo de la esencia futbolera. Ella habita en las mismas entrañas del alma del pueblo. Allí se germina la verdadera pasión. Por ejemplo, días atrás, el gol anotado por Hirving Lozano que significó la derrota del último campeón mundial desató el brinco de millones de mexicanos, que celebraron con gozo ese gol histórico. Incluso en ese se produjo un movimiento brusco y repentino en la capital mexicana, que fue detectado por censores del Instituto de Investigaciones Geológicas y Atmosféricas de esa ciudad. Ese festejo inusitado confirmó los alcances inconmensurables del fútbol.

En rigor, los detractores repetirán el argumento recurrente que este deporte tiene un efecto masificador y alienante que fomenta, entre otras cosas, un sentimiento patriotero. Pero se olvidan que el fútbol teje lazos identitarios que permiten configurar una “comunidad imaginada” (Benedict Anderson dixit). Los uruguayos lo saben muy bien. De ese efecto sociológico futbolero emerge la mística y la diáspora de su selección. Hoy, esos vínculos intersubjetivos uruguayos en el Mundial de Rusia se condensan en la imagen conmovedora de su estratega, el maestro Óscar Tabárez, quien usa muletas por asuntos de salud, pero se olvida de ellas cada vez que debe gritar un gol charrúa.

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