Columnistas

El delator

Internet ha robado el pensamiento  individual, la rebeldía y el libre albedrío a los humanos.

La Razón (Edición Impresa) / Manuel Vicent

01:36 / 12 de marzo de 2014

Si los mitos de la antigüedad se reproducen siempre bajo formas modernas, tal vez el lugar que antes ocupaba Dios hoy lo ocupa internet, con una antena en el Sinaí, por donde navegan los secretos y miserias de la humanidad, sus perversiones, confidencias, sueños adolescentes, deseos inconfesables, la economía global con las pulsiones oscuras del dinero, que al final quedan atrapados para siempre en un centro de datos.

Esa telaraña también absorbe las conquistas de la inteligencia humana y nuestras acciones más nobles, pero ese dato apenas cuenta a la hora de la salvación. Aquel ojo divino que veía todas nuestras caídas desde el interior de un triángulo era como la vieja del visillo si se compara con la alucinante cantidad de información que Google almacena sobre nuestra vida a través de un enredo infinito de chips de silicio y conexiones de fibra óptica.

No ha habido nunca en la Historia un amo del imperio o pontífice que haya tenido semejante poder de manipulación. Internet ha robado el pensamiento individual, la rebeldía y el libre albedrío a los humanos como Prometeo le robó el fuego a los dioses, pero al contrario de lo que sucedió en la mitología no es internet el que sufre el castigo, sino tú mismo el que permaneces encadenado en un centro de datos a merced de cualquier político, espía, policía, chantajista, estafador o pervertido sexual, que te puede sacar el hígado y dejarlo expuesto al sol a disposición de las aves carroñeras.

En el móvil que uno lleva en el bolsillo se repite también el mito del ángel malo y el ángel bueno, que en nuestra infancia nos acompañaban, uno a cada lado. El bueno te advertía de los peligros, el malo te tentaba para llevarte al infierno. Eran tu conciencia, como lo es ahora el móvil, que lo sabe todo de ti, que es amigo y enemigo, tu delator, el que va a testificar en tu contra si un día caes en manos de la justicia.

Pese a todo, estás obligado a recargarle la batería cada noche, para insistir en el juego morboso y obsesivo de enredarte tú mismo en su telaraña. Puede que llegue el día en que habrá que arrojar el móvil a un pozo y celebrar la fiesta del sacrificio del cordero googléico para recuperar el don de la intimidad en un planeta que navega por el universo con semejante gallinero.

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