Columnistas

La democracia en octubre

En opinión de Manuel Antonio Garretón, nuestra democracia es mejor que la democracia chilena.

La Razón (Edición Impresa) / Fernando Mayorga

00:00 / 16 de octubre de 2016

Hace unos días, Manuel Antonio Garretón, brillante intelectual chileno, realizó un balance de las teorías sobre la transición y consolidación de la democracia en América Latina, y concluyó su análisis con una frase contundente en clave comparativa: la democracia boliviana es mejor que la democracia chilena.

No me sorprendió su lectura, porque desde hace mucho tiempo Manuel Antonio Garretón destacó los “enclaves autoritarios” en la democracia chilena; explicó la apatía de los/las jóvenes para actuar en política mediante canales partidistas como un síntoma de crisis de representación, rechazó el aberrante sistema electoral binominal, cosas así. Y por eso, en una mesa del Congreso sobre la Democracia organizado por la Universidad Nacional de Rosario en Argentina, se preguntó, cuestionando, por qué en las encuestas y estudios sobre “la calidad de la democracia” (un vocablo favorito entre analistas de segunda y de tercera en nuestro medio) su país, Chile, aparece casi siempre en primer lugar. Como un ejemplo de institucionalidad y respeto al Estado de derecho —como les gusta decir a los analistas de segunda y de tercera en estos lares— que contrasta con el supuesto desmadre que caracteriza la historia política de Bolivia, su antípoda, un reflejo invertido, el lado oscuro de la luna, en onda Pink Floyd, pero sin arcoíris.

Entonces, ¿cuál es la razón para que un brillante sociólogo y politólogo destaque la democracia boliviana como ejemplo positivo frente a la política chilena? Su argumento es simple y profundo, contundente y certero: la democracia ha sido relevante para la sociedad boliviana porque ha propiciado cambios positivos en la relación entre el Estado y la sociedad; en cambio, la democracia chilena ha sido y es irrelevante para su sociedad, porque predomina el conservadurismo político y la respuesta de la gente es la abstención electoral o la movilización callejera al margen o en contra de los partidos políticos. En términos de René Zavaleta Mercado, se trata de “óptimo social”, el nexo entre Estado y sociedad, que trasciende las mediaciones institucionales o las reinventa para adaptarlas a las necesidades de la sociedad. Y las señales son evidentes: Estado Plurinacional, democracia intercultural, autonomías indígenas, gobiernos autónomos departamentales, representantes indígenas en las asambleas legislativas, democracia paritaria, cosas así.

Volviendo al asunto de inicio, la consolidación de la democracia fue un tema dominante en las ciencias sociales durante los años 80 y 90 del siglo XX, con una mirada enfocada en las instituciones políticas: sistema de partidos, asamblea legislativa y poder judicial, que se tradujo en un balance estático de la democracia.  Gobernabilidad y gobernanza fueron los términos para dar cuenta de la necesidad de equilibrio entre representación y participación, eficiencia y eficacia, legalidad y legitimidad... hasta que la crisis del neoliberalismo y el “giro a la izquierda” en el continente puso en el centro del debate la ampliación de la democracia; es decir, la capacidad del régimen político para representar las demandas e intereses de la sociedad mediante la renovación o innovación institucional de los mecanismos de participación e inclusión, sobre todo de grupos marginados en lo social, económico, político y/o cultural. Por eso, en opinión de Manuel Antonio Garretón, es mejor nuestra democracia. Y me corresponde contarlo en octubre, un mes emblemático.  

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