Columnistas

El derecho de morir

Algunos pregonan que escoger su propia muerte debería ser el último derecho humano

La Razón / Carlos Antonio Carrasco

00:31 / 02 de marzo de 2013

Entre los inagotables derechos humanos, últimamente ha despertado violenta polémica aquel que se refiere a la aplicación selectiva de la eutanasia; o sea, el asesinato del prójimo con el atenuante de que esa extrema medida se aplica para evitar el sufrimiento innecesario del enfermo terminal. La noticia de palpitante actualidad referente a la trágica postración del presidente venezolano, Hugo Chávez, y el uso que se hace de su cuerpo abre la discusión acerca de este caso emblemático, lejos de un hipotético ejemplo.

Evidentemente tenía que ser en Francia, crisol de todas las libertades, donde el debate adquiera la fuerza del racionamiento más sofisticado a  favor o en contra de la eutanasia. Fue el presidente Francois Hollande quien encomendó al profesor Didier Sicard elaborar un informe sobre las implicaciones legales, morales y sanitarias del derecho de morir con dignidad. Pasemos a registrar ciertos argumentos de unos y de los otros.

En primer lugar, se considera la situación de aquella persona incapaz de expresar sus deseos por sí misma, pero que, previendo ese riesgo, ha dejado instrucciones adelantadas sobre su suerte. Sin embargo, éstas no podrían ser cumplidas sin que el médico que administre substancias letales al paciente incurra en el delito de homicidio. En Suiza, es legal “el auxilio al suicidio”, que consiste en hacer que sea el propio moribundo quien reciba en sus manos el medicamento mortal proporcionado por un voluntario; o como en Oregón, por un médico, porque se supone que el sufriente en fase terminal, víctima de  tormentos  intolerables, espera la asistencia idónea para finalizar sus días.

Entre los procedimientos se contempla la sedación terminal; o sea, un gesto clínico que acelera la muerte ante la imposibilidad de una curación. Pero... ¿hay mucha diferencia entre apurar la muerte e instaurarla de inmediato?

La despenalización de la eutanasia (el bien morir), según algunos, es conceder demasiado poder a los médicos. Otros, opinan que los galenos tienen la obligación  de cortar un tratamiento incierto, a pedido del agonizante. Es decir, “dejarlo morir” porque piensan que al final de la existencia, la calidad de la vida prima sobre la duración de la vida.

Por otra parte, hay partidarios de aquella sedación terminal que precipita al doliente en un profundo coma artificial, que lo conduce a la muerte. Arguyen que no es una medida tan radical en tanto que la agonía no es siempre una etapa obligatoria de la muerte. La controversia persiste acerca de quién tendría que autorizar la sedación terminal, para que el operador no tenga  que enfrentar luego reproches judiciales o morales.

Pareciera ser que una nueva ley debería prever la asistencia médica para acabar la vida con dignidad, para ello sería necesario contar con la venia de tres médicos, que se reunirían con el enfermo, libremente, en buena reflexión, ante quienes el paciente deberá ratificar su demanda, la misma que podrá revocarla en cualquier momento, si cambia de idea.

Esa norma conllevaría la modificación del código penal, porque dar la muerte, así sea en fase terminal, es equivalente  a un asesinato con todas las agravantes: premeditación, ventaja sobre persona vulnerable y otros. El combate contra la eutanasia se asimila a la lucha contra la pena de muerte. Y se juzga que aquel suicidio asistido no es una libertad, sino es la postrera opción de un ser desesperado. En ese caso, unos pregonan que escoger su propia muerte debería ser el último derecho humano. Entretanto el debate sigue; y la vida, también.

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