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El derecho de parir

Es tan difícil criar a un niño que no a cualquiera debería permitírsele hacer ese trabajo

La Razón (Edición Impresa) / Abrelatas (porque todo nos llega enlatado) - Verónica Córdova

01:30 / 13 de abril de 2014

Imaginemos un lugar en el que el Estado sí se toma muy en serio la obligación de proteger a sus ciudadanos más indefensos, los niños. Esos locos bajitos que, dejados en manos de gente irresponsable, pueden morir, quedar heridos o ser dañados de forma irreparable en su alma o su mente. Esos brujos pequeños que, de tan vulnerables, se aferran justamente a los que más los dañan, pues son todo lo que aman y conocen.

En ese Estado imaginario los adultos en edad de procrear requerirían una autorización antes de traer al mundo hijos. Se les haría un test de aptitud como padres: ¿Por qué quieres tener un hijo?, sería la primera pregunta. Pues, en un mundo en el que se reconociera el enorme valor de los niños, solo quienes realmente los desean —y están listos para hacerlo— podrían concebirlos.

El test de aptitud debería determinar, de manera fehaciente hasta qué punto el candidato a padre o madre tiene la madurez para dejar de lado sus deseos y necesidades a fin de dedicarse al niño que pretende traer al mundo. ¿Será capaz de meter a su hijo a un cajón y tapiarlo con maderas y libros para que lo deje festejar en paz con tus amigos? ¿Será capaz de poner alcohol en su mamadera, para que deje de llorar y se duerma? ¿Hasta qué punto ha dejado de ser el estúpido egoísta que todos somos hasta que entendemos la importancia de la trascendencia?

En un mundo donde los niños son vistos como lo que son —la mayor responsabilidad, el mayor milagro— sería impensable un embarazo no deseado o no planificado. Lo primero que deberías demostrar antes de concebir sería un enorme anhelo de ser padre. Luego, la madurez como para asumir sus grandes dificultades. Además, la capacidad de alimentarlo, vestirlo, educarlo, entretenerlo, darle valores, fomentar sus aptitudes, protegerlo, curarlo y alimentar sus sueños. Y, por último, el equilibrio como para amarlo sin ahogarlo, sin reprimirlo, sin atosigarlo, sin ignorarlo, sin presionarlo, sin aferrarse tanto que termines encarcelándolo y sin soltarlo tanto que termines perdiéndolo.

Es tan difícil criar a un niño que no a cualquiera debería permitírsele hacerlo.

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