Columnistas

Los derechos animales

Los animales estuvieron con nosotros siempre; sin ellos el mundo sería insoportable

La Razón / Édgar Arandia

00:00 / 22 de septiembre de 2013

Los científicos del siglo pasado pensaban que los hombres prehistóricos eran incapaces de dibujar, y cuando el doctor Sautuola publicó un libro sobre los descubrimientos de la cueva de Altamira, se burlaron de él y lo tildaron de falsario. No era así, porque uno de sus detractores encontró otra cueva con dibujos de animales en actitudes de movimiento. Para Sautuola, eso no le llenó de satisfacción, simplemente hizo una mueca de desprecio y murió sin esperar reconocimientos.

Esos dibujos demuestran el estrecho vínculo entre los animales y los seres humanos, relación que, a través del tiempo, sufrió una serie de cambios impensables y hasta patéticos y ridículos. Aves, peces, insectos, mamíferos, gusanos y otros que recién hacen su aparición en el mundo estuvieron con nosotros siempre, con ellos compartimos el mundo y sus peripecias. Ellos nos han alimentado, vestido, nos han infundido temores y nos han brindado enormes alegrías; sin ellos el mundo sería insoportable y mucho más solitario.

Los animales-dioses fueron reemplazados por los animales trabajadores; y el lugar de los animales salvajes, que eran los principales proveedores de carne para el hombre, lo ocuparon los animales domésticos. Según el biólogo Yuri Dmitriév, “(mientras) decrecía la importancia de unos animales y aumentaba la de otros, el hombre influía en su vida o su llamado reino, hollados por la ambición.”

Las tribus  pensaban que  su árbol genealógico arrancaba de diferentes animales. Por tanto, debían honrar a sus antepasados, no podían matarlos, sino al contrario, estaban obligados a cuidarlos de las adversidades del tiempo y  de sus enemigos para que no les pase nada, porque entonces se garantizaba la vida para todo el grupo. Entre las culturas norteamericanas originarias, después de matar a una fiera, se organizaban a su alrededor solemnes ceremonias para conquistar el espíritu del animal muerto. En Australia hay tribus cuya genealogía procede de los murciélagos; y en Madagascar, de los cocodrilos. Un significativo número de animales fueron escogidos por sus virtudes físicas e inteligencia como tótem de los grupos humanos.

Así, las grandes culturas del mundo estaban estrechamente vinculadas con la vida de los animales. Es más, algunos estudiosos lingüistas suponen que los hombres primitivos podían comunicarse con ellos, y que al perfeccionar su aparato fonador, éste los dejó atrás.

De niño intenté, durante semanas, comunicarme con mi perro, en un inútil esfuerzo. Así es que mi abuela Olga, para consolarme, me relató los mitos más bellos de los que tengo recuerdo; entre ellos el del cóndor que se robó una imilla para casarse y que sus hijos ahora andan por la plaza Murillo, vestidos con ternos oscuros, camisa blanca, corbata roja y cabellos tusados como de conscripto; o del cóndor que, en la etapa del Cha’mapacha o mundo oscuro, fue a traer la luz del sol para la felicidad de los seres humanos y regresó con un pedazo de esa estrella alrededor de su cuello, por eso tenía la cresta roja a raíz de las quemaduras.

Casi todas las danzas del mundo “primitivo” tienen su origen en esta relación. Por ejemplo la danza de los Suri Sicuris narra los ritos para su caza y aprovechamiento ritual de sus plumas; o en el Arete Guazú, la danza del jaguar y el toro relata la relación desigual y tensa entre el mundo indígena guaraní y la cultura del conquistador. De igual manera estos cazadores piden permiso a la Iya del tatú para cazarlo, y en sus plegarias le dicen que su carne permitirá que sus hijos se alimenten. Fui testigo de cómo lloraban en Tentayape cuando se dieron cuenta que la tatú hembra que habían cazado estaba preñada, entonces pidieron disculpas al espíritu de la naturaleza por su acción.

También la arquitectura está relacionada con el mundo indígena y los animales. Tiwanaku tiene la forma de una llama, y el Cuzco, de un jaguar; y en ambas culturas los animales tienen presencia constante en la vida cotidiana. Hasta ahora, en varios grupos indígenas se canta antes de trasquilar a las llamas y alpacas, para luego teñir su lana a fin de tejer el aguayo donde descansará el recién nacido. Así como tenemos derechos humanos, nos falta perfeccionar los derechos animales para vivir bien.

Es director del Museo Nacional de Arte.

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