Columnistas

El desafío de Escocia

El virus del separatismo sin duda intentará expandirse a regiones como el País Vasco o Frisia, en Holanda

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

03:22 / 27 de septiembre de 2014

Como en una película de suspenso, el  jueves 18 de septiembre, el 55% de los escoceses decidieron no romper tres siglos de unión con la pérfida Albión y rechazaron forjar un Estado independiente que sostenga sus tradiciones, su cultura ancestral y su contenida sed de autenticidad, muchas veces incorporada a las glorias británicas, en la música, las artes y el deporte. No obstante, su terca lucha está imponiendo a Londres ceder a Escocia una autonomía más amplia, para contener los avatares de la modernidad y de la globalización y así poder preservar su rica identidad nacional.

Habitando sus verdes prados donde afloran los cultivos de cebada, los escoceses inventaron el whisky para contento de millones de sedientos adictos y alegría de los recaudadores fiscales. Pero además de ese apreciado aporte, segregarse del Reino Unido no hubiese sido tarea leve para fundar, efectivamente el nuevo Estado.

En los días previos al histórico referéndum, grande fue la presión ejercida por los mandatarios de Londres para asustar al electorado escocés, particularmente acerca de la incertidumbre de carácter económico: la dificultad de mantener a la libra esterlina como moneda de cambio, la suspensión de subvenciones al presupuesto y el mercadeo del gas y el petróleo del Mar del Norte. También se anotó las dificultades que acarrearía su posible membresía en la Unión Europea. Preocupación mayor para Westminster hubiera sido el desmantelamiento de las plantas nucleares en suelo escocés y el levantamiento de límites marítimos y geográficos de las reservas petrolíferas.

Más allá de las islas británicas, las repercusiones de la decisión escocesa en el continente europeo tendrán impacto particularmente en el referéndum del 9 de noviembre en Barcelona, en el que los catalanes acudirán a las urnas con idéntico propósito, no obstante la oposición de Madrid de legalizar dicha consulta. El virus del separatismo sin duda intentará expandirse a regiones tales como el País Vasco (entre Francia y España), la región flamenca en Bélgica, la Lombardía en el norte italiano, la Frisia en Holanda, Bavaria en Alemania y muchos otros particularismos que, si la independencia les fuese atribuida, inflarían a 40 los Estados en la Unión Europea, donde cambiarían de nacionalidad 60 millones de personas.

La incontenible fiebre del nacionalismo  nació después de la Primera Guerra Mundial, con la adopción inocente del principio de la “autodeterminación de los pueblos” propiciada por el presidente estadounidense Woodrow Wilson, y  que dio curso al cuestionamiento del colonialismo y al surgimiento de los movimientos de liberación nacional.

Desde entonces aparecen nuevos Estados a lo largo del planeta, las más de las veces sin sustento económico que justifique el gesto. En los últimos años se ha visto la implantación de Sudán del Sur en África, Estado que continúa en reñida guerra fratricida con su vecino norteño. Lejos de ese escenario también pueden darse fenómenos retrógrados como el intento de instauración del califato denominado Estado Islámico, impulsado por huestes guerreras que malinterpretan el Corán, y enarbolan la bandera más negra del islamismo radical para ocupar territorios en Irak y Siria, bajo el objetivo de imponer con rigidez macabra la ley coránica. En esa instancia, los pueblos ya no son consultados, sino, sojuzgados por la fuerza brutal.

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