Columnistas

Lo desagradable gana fuerza

Los partidos de las élites en Europa y EEUU se enfrentan al monstruo que han contribuido a crear.

La Razón (Edición Impresa) / Paul Krugman

00:00 / 27 de diciembre de 2015

Vivimos en una época de noticias políticas que, demasiado a menudo, resultan escandalosas pero no sorprendentes. Sin duda, el auge de Donald Trump entra en esa categoría, al igual que el terremoto electoral que ha sacudido Francia durante las elecciones regionales del pasado domingo, en las que el derechista Frente Nacional obtuvo más votos que cualquiera de los principales partidos mayoritarios. ¿Qué tienen en común estos acontecimientos? En ambos han intervenido figuras políticas que sacan partido del resentimiento de un grupo de votantes xenófobos o racistas que siempre ha estado ahí. La buena noticia es que esos votantes son una minoría; la mala es que es una minoría bastante numerosa, a ambos lados del Atlántico. Si se preguntan de dónde sale el apoyo a Trump o a Marine Le Pen, la líder del Frente Nacional, es que no han estado prestando atención.

¿Pero por qué estos votantes se hacen oír tanto ahora? ¿Se han vuelto mucho más numerosos? Puede ser, pero no está claro que sea así. Yo diría que es más importante el modo en que finalmente han fallado las estrategias que las élites siempre han empleado para mantener ocultos a esos votantes iracundos.

Permítanme empezar por lo que pasa en Europa, porque es probable que los lectores estadounidenses estén menos familiarizados con ello y también porque, en cierto modo, es más sencillo que lo que sucede en Estados Unidos.

Mis amigos europeos sin duda dirán que lo simplifico demasiado, pero desde una perspectiva estadounidense, da la impresión de que la clase dirigente europea ha tratado de excluir a la derecha xenófoba no solo del poder político, sino también de cualquier participación en el discurso aceptable. Para ser un político europeo respetable, ya sea de izquierdas o de derechas, uno tiene que aceptar el proyecto europeo que aspira a una unión cada vez más estrecha, a la libertad de movimiento de los ciudadanos, a unas fronteras abiertas y a unas normas armonizadas. Esto no deja ningún margen a los nacionalistas de derechas, a pesar de que el nacionalismo de derechas siempre ha contado con un apoyo popular considerable.

Sin embargo, algo en lo que posiblemente no haya caído la clase dirigente europea es en que su capacidad para definir los límites del discurso se sustenta sobre la percepción de que sabe lo que hace. Incluso los admiradores y defensores del proyecto europeo (como yo) tenemos que admitir que nunca ha contado con un gran apoyo popular ni con mucha legitimidad democrática. Es más bien un proyecto de la élite presentado a los ciudadanos con la afirmación de que no existe alternativa a él, que es el camino sensato. Y no hay nada como una mala trayectoria económica prolongada (la clase de mala trayectoria propiciada por la austeridad y la obsesión por la restricción crediticia de Europa) para empañar la fama de competente de la élite. Probablemente esa sea la razón por la que un estudio reciente hallaba una relación histórica coherente entre las crisis financieras y el auge del extremismo de derechas. Y la historia se está repitiendo.

Las cosas son bastante distintas en Estados Unidos, porque el Partido Republicano no ha intentado excluir a la clase de gente que vota al Frente Nacional en Francia. Más bien ha intentado utilizarla alimentando su resentimiento con mensajes encubiertos para ganar las elecciones. Esa era la esencia de la “estrategia sureña” de Richard Nixon, y explica por qué el Partido Republicano siempre obtiene la inmensa mayoría de los votos blancos del Sur. Pero una buena parte de esta estrategia consiste en dar gato por liebre. Independientemente del mensaje encubierto que se transmita durante la campaña, una vez que está en el poder, el Partido Republicano ha convertido en su principal prioridad la defensa de los intereses de una pequeña y adinerada élite económica, sobre todo mediante grandes rebajas fiscales; una prioridad que se mantiene intacta, como pueden comprobar si analizan los programas fiscales de los candidatos presidenciales del partido para estas elecciones.

Antes o después, esos blancos iracundos que constituyen un gran porcentaje de las bases republicanas, puede que incluso la mayoría, acaban rebelándose, sobre todo porque, ahora mismo, muchos de los dirigentes del partido parecen endogámicos e inalcanzables. Da la impresión, por ejemplo, de que los líderes creen que las bases respaldan los recortes en la Seguridad Social y Medicare, una prioridad de la élite que nada tiene que ver con las razones por las que los blancos de clase trabajadora votan al Partido Republicano. Entonces aparece Donald Trump, diciendo sin rodeos las cosas que los candidatos del partido intentan ocultar en insinuaciones codificadas y negables, y dando la impresión de que habla en serio. Y se pone a la cabeza de los sondeos. Escandaloso, sí, pero poco sorprendente.

Para que quede claro: al dar estas explicaciones sobre el auge de Trump y Le Pen, no pretendo justificar lo que dicen, que me sigue pareciendo indescriptiblemente desagradable y muy contrario a los valores de dos grandes países democráticos. Lo que digo, en cambio, es que estas cosas desagradables se han visto potenciadas por esa misma clase dirigente que ahora se muestra tan escandalizada por este giro aparentemente repentino de los acontecimientos.

En Europa, el problema radica en la arrogancia y la rigidez de una élite que se niega a aprender del fracaso económico; en EEUU, se trata del cinismo de unos republicanos que han sacado partido de los prejuicios para mejorar sus perspectivas electorales. Y ahora ambos se enfrentan a los monstruos que han ayudado a crear.

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