Columnistas

El desasosiego

Hemos construido una sociedad donde la política es nada más que odio disfrazado de planes y proyectos

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Córdova

00:00 / 14 de febrero de 2016

Mafalda lo definía como una basurita en el estado de ánimo. Y efectivamente, así se siente: como una mancha pequeña pero visible, que no llega a doler y sin embargo molesta. A veces es como un ruido indefinible y lejano, algo que no se puede asir, que no se racionaliza ni se explica, pero es y está y nos provoca una sensación a medio camino entre la tristeza y el asco.

El desasosiego se alberga en el estado de ánimo, pero nace en lo que ves, lo que oyes, lo que lees, lo que comentas y lo que escribes; es decir, aquello que alimenta tu mente durante el día entero. Cabe entonces preguntarse cuál es el menú diario que nuestra mente consume, qué le damos de beber y de comer, con qué se nutre. Y odio es lo que consumimos cada día en cantidades insalubres. Está en el noticiero y en el periódico, está en la radio, está en las redes sociales; parece ser la fuerza motora que impulsa cada interacción, cada opinión, cada palabra que se dice o escribe. Y eso llevamos en la mente, como un parásito que no percibimos, pero que nos enferma y consume.

Mientras tanto, hay quienes se duermen y despiertan pensando en cosas que no destruyen ni desasosiegan. Hay quien dedica incontables horas a entender cómo se dobla y arruga el tiempo a partir de su contacto con la materia. Hay quien insiste una y otra vez hasta alcanzar la perfección en el ritmo, el color o el movimiento. Hay quien dedica horas y horas a tallar, a pulir, a encadenar notas, palabras o imágenes. Hay quien se preocupa por la semilla y la tierra, quien se obsesiona por la fórmula, quien se desvive por el insecto o la roca y todos los misterios que todavía guardan.

Si en nuestros medios, pensamientos y conversaciones le diéramos más espacio al misterio y a la perfección y menos al odio y al desasosiego; si escucháramos otras voces, y no solo aquellas que hablan de traición, de mentira y de despilfarro; si viéramos belleza y perfección (o los grandes esfuerzos invertidos en alcanzar cualquiera de ellas) en lugar de ver siempre sordidez, mezquindad y violencia; si nuestras mentes tuvieran al menos la opción de elegir entre el misterio y el odio, quizás podríamos decir que somos realmente libres. 

Pero no. De nada sirve apagar la tele o la radio y cerrar el periódico, porque el odio se cuela con más eficiencia en el internet y nos persigue en las conversaciones del minibús, de la oficina o del mercado. Hemos construido una sociedad en la que el único tema común y la única prioridad, la única lengua franca es la política. Hemos construido, además, una sociedad donde la política es nada más que odio disfrazado de planes y proyectos.

Quizá en otra época la política y el odio que la impulsa estaban reservados para un grupo que se dedicaba a ejercerla, pero ahora está esparcida en cada teclado y en cada computadora. Ya no hay escapatoria. La creatividad, el tiempo y el esfuerzo que podía invertir una persona común en compartir una idea o un proyecto, en leer sobre Saramago o sobre hoyos negros, se utiliza en profundizar el odio y difundir el desasosiego.

¿Por qué perdemos el tiempo acrecentando el odio y regodeándonos en el desasosiego, justo ahora que se ha ampliado de manera tan inmensa nuestro acceso a la belleza, a la perfección y al misterio?

Es cineasta.

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