Columnistas

La desconfianza

La desconfianza que pide cuentas, que exige transparencia, sería, por lo tanto, una virtud republicana

La Razón / Jorge Edwards

01:56 / 04 de mayo de 2013

El debate académico, el de los filósofos, los ensayistas, los historiadores, se ventila todavía en la prensa. Se dedican muchas páginas al fútbol, a la farándula, a la vida privada de los personajes públicos, pero la discusión de ideas, la reinterpretación, la lectura crítica, conservan su espacio, a pesar de todo. Mientras esto ocurra, la conciencia europea podrá seguir respirando. Leo una cita de Robespierre en el texto de una historiadora actual de la Revolución Francesa. “Frente al sentimiento íntimo de la libertad, escribía Robespierre, la desconfianza juega el mismo papel que los celos en el amor”.

La desconfianza, que pide cuentas, que exige transparencia, que ejerce una vigilancia constante, sería, por lo tanto, una virtud republicana. Pero el nombre de Robespierre, claro está, el tirano del nuevo orden, el vigía de la pureza revolucionaria, nos desanima. Es, con diferencias de matices, el antepasado más directo de José Stalin. Es un excesivo, un primer extremista, un hombre de la familia mental del Padre de los Pueblos. Y no hemos salido por completo, al menos en los debates de ahora, de la alternativa entre la guillotina, el paredón, o la blandura socialdemócrata, las concesiones, el posibilismo, los poderes negociados. “No conozco más que dos partidos, alegaba Robespierre, el de los buenos y el de los malos ciudadanos”.

La oposición, en resumen, no debe ser tolerada; la oposición al gobierno progresista está formada por el partido de los malos, por lacras sociales. Ahora bien, cuando estas ideas mantienen una vigencia intelectual en Europa, cuando pueden discutirse en las aulas o en columnas de prensa, corren el riesgo de ser tomadas al pie de la letra en América Latina. Allí hay gente simple, pero astuta, infinitamente ambiciosa, que se aprovecha sin escrúpulos de ideas europeas complejas y que en definitiva no entiende.

En Chile, en debates constitucionales de apariencia técnica, de supuesta seriedad jurídica, somos capaces de llegar a conclusiones que de serias tienen bastante poco. Y la desigualdad de fortunas sirve de justificación para casi todo. Entro en una nueva página de ensayismo dominical de París. Si la pobreza no es un crimen, como se sostenía en la campaña publicitaria de una institución benéfica, la riqueza, afirma el autor de un ensayo de estos días, el señor Pascal Bruckner, tampoco lo es. Y agrega que vivimos en un momento de refundación del capitalismo después de la etapa de Thatcher y Reagan. Sólo los capitalistas son capaces de matar el capitalismo, declaró en una oportunidad el alcalde Félix Rohatyn de Nueva York. Y quizá, también, de salvarlo de sus propios excesos, de su voracidad autodestructiva.

La riqueza personal, por grande que sea, puede tener una justificación: crear más riqueza, difundir la cultura, contribuir a enriquecer la mente humana. ¿Pura utopía? Conocemos la diferencia entre los nuevos ricos y los ricos tradicionales. ¿Podemos defender en alguna forma la riqueza, la nueva y la vieja, o son indefendibles? Y en este último caso, ¿pueden crecer las sociedades humanas sin que se produzcan desigualdades cada vez mayores?

Maximiliano Robespierre creyó, finalmente, en la ruptura con el antiguo régimen, en el temible Comité de Salud Pública y en la guillotina. Stalin llegó a conclusiones parecidas. Los principales enemigos de aquellos personajes son las políticas de progresos graduales, de reformas aceptables. En periodos de crisis, de reajustes inevitables, la crítica se hace general. Pronto llegamos al invierno de nuestro descontento, para citar a Shakespeare.

Ahora se discute en Francia sobre la próxima gran figura histórica que debería ingresar al Panteón de los Hombres Ilustres. ¿Cuáles serán los nombres de los “panteonizables” para la presidencia de Hollande, se preguntan algunos? Y se habla, entre otros, de Diderot y de Jules Michelet. Aunque quizá no tenga derecho a hacerlo, me permito esbozar una opinión personal. Me parece que la palabra de Denis Diderot es civilizada, acogedora, transformadora, pacífica. Su crítica del pasado es convincente, más contundente que ninguna otra, y a la vez humana, en último término conciliadora.

Michelet, escritor de genio, prosista insuperable, que a veces parece inspirado por voces superiores, como una Juana de Arco de la historia, incurre, sin embargo, en desconfianzas difíciles de tolerar. Admira a Montaigne, por ejemplo, porque no se puede dejar de admirar su escritura, pero desconfía de su posición política, de su visión de los sucesos contemporáneos, de sus bienes personales. Participa de la desconfianza que Robespierre había elevado a la condición de virtud cívica.

Diderot, en cambio, el impagable autor de La religiosa, es capaz de describir con gracia, con humor, con belleza verbal, la diferencia entre un asado aristocrático, en un claro de bosque, entre caballeros cazadores, y la olla democrática, doméstica y modesta, de familia, donde todos los ingredientes entran y contribuyen al sabor final, popular.

Me divierto con la prosa brillante de Jules Michelet, adquiero sabiduría en las páginas inimitables de Michel de Montaigne, el Señor de la Montaña, como lo llamaba Quevedo, y voto, aunque no tenga derecho a voto, por Diderot, el amable, el ingenioso, el precursor de la modernidad, para todos los panteones de este mundo.

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