Columnistas

El descubrimiento de la Celac

Este gran pacto del siglo XXI deberá convertirse en la organización más fuerte de la época

La Razón / Alessandro Ilimurí

02:00 / 08 de diciembre de 2011

Hubo una vez un historiador que contó, narró y escribió el amanecer del continente americano, un gran descubrimiento “ya existente” por un plebeyo de origen incierto que navegó meses y meses por un océano de ilusiones, con el afán de conquistar algo que lo haga importante frente a los Reyes Católicos, y así evitar la guillotina. Para Europa […] como civilización, después de la guerra de los Cien Años y la caída de Bizancio, tenían hambre de hacer historia y el descubrimiento de Colón fue el mejor suceso histórico de la época y, por supuesto, el gran punto negro en su afán humanitario desde entonces.

Dicho historiador no escribió la posible unidad de esa región descubierta, no se sabe si por falta de tinta o falta de esperanza en una civilización que tenía siglos de presencia en la tierra. El Nuevo Mundo, como lo llamaron muchos serviles de la corona española y el mando portugués, era sin duda algo que no conocían, algo realmente sorprendente en tamaño, riqueza y diversidad. Y a raíz de esa majestuosa riqueza se dio inicio a la guerra transoceánica más sangrienta que pudo patrocinar el Reino de España, y de la que hasta ahora tienen deuda con América Latina.

Años después de aquellos sucesos de gran trascendencia económica para muchos países europeos, se inicia una nueva orden de igualdad, justicia y soberanía para los pueblos de América del Sur y el Caribe, la Celac. Se deja atrás el crepúsculo de la pobreza y el ninguneo internacional, todos ellos, se encuentran en estado de coma y muchos otros en la sala de espera. Este gran pacto del siglo XXI deberá convertirse en la organización más fuerte de la época, y deberá luchar por la soberanía de todos los países miembros. Es un compromiso soñado por niños, hombres y mujeres que necesitan otra historia, merecen que el historiador ponga tinta a la pluma y encuentre la esperanza para narrar la verdadera historia del renacimiento de América Latina.

Es la apostasía de la antigua escuela política que se vivió en las ciudades durante muchos siglos, y el ahora debe ser un compromiso de cambio rotundo, un paso adelante para encontrar al marginado con su estado. Asimismo, los políticos tienen la obligación de reinventar su dogma, y como dice un buen proverbio japonés: “Una reputación de mil años quizás dependa de la conducta de una hora”. El Estado debe perseguir objetivos de evolución suprauniversales, donde los ciudadanos sean partícipes del cambio y no un objeto de lucro cotidiano, de esta manera, nuestros países, incluida Bolivia, no tendrán que pasar vicisitudes que dañen su propia dignidad humana.

Las voces más agudas quieren un espacio en la ópera de los sueños cumplidos; las miradas más inocentes desean fascinarse con visiones resplandecientes de un nuevo amanecer; los perseguidos auguran el fin de su carrera y los que tuvieron puesta la etiqueta de “nadie” están ansiosos de ser alguien.

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