Columnistas

La realidad convertida en deseo

Más allá del colorido de sus fachadas, en sus espacios internos concebidos para la fiesta hay un trasfondo oscuro.

La Razón (Edición Impresa) / Yuri Tórrez

23:56 / 10 de diciembre de 2018

La primera escena de Lo peor de los deseos, cinta de Carlos Arraya, muestra una colorida danza de polleras, mantas y sombreros, de las cholas paceñas que bailan con un éxtasis envolvente en las entrañas de un cholet, palabra que connota una simbiosis entre lo cholo (con toda la estigmatización colonial que contiene) y el chalet. Más allá del colorido de sus fachadas, en sus espacios internos concebidos para la fiesta hay, en muchos casos, un trasfondo oscuro. Una de las virtudes de esta película quizás consista precisamente en desentrañar esos entretelones lóbregos: intrigas, poder, envidia, ambición, traiciones y, sobre todo, algunos deseos inconfesables.  

Al igual como sucede en la realidad, en la película los cholets andinos representan íconos el surgimiento de una élite económica de raigambre aymara. Si bien en el film no se intenta estigmatizar a este grupo social, la atención está puesta en un segmento específico: los transportistas y sus conexiones perversas con los contrabandistas. Un grupo económicamente cada vez más fuerte, al igual que los comerciantes, y con una influencia creciente sobre el poder. O tal vez ellos son el poder.  

Lo peor de los deseos refleja esta realidad, a tiempo de evidenciar la forma en la que se mueven los tentáculos al interior de estos grupos corporativos: sus vínculos siniestros con el Estado y el afán de embriagarse con y por el poder. Si bien la práctica de los choferes para tejer alianzas estatales no es una novedad, esta vieja imbricación hoy se ha incrementado por la expansión demográfica de este grupo corporativo. El cual, además de tener la capacidad para ejercer una fuerte presión social, cuenta con poder real, a tal punto que se consideran los dueños y amos de las ciudades bolivianas.

La protagonista es una contrabandista que mueve, como si fuera una titiritera profesional, no solamente los hilos de los personajes, sino también de la propia trama del film. Con este acierto de Arraya, la película da cuenta, casi como si fuera una suerte de documental o una investigación periodística, de quienes mandan hoy en nuestra sociedad.

Esta cinta también ingresa en el imaginario de la población. Revela la necesidad impulsiva de reconocimiento social que tenemos. Por ejemplo, uno de los personajes manda a cogotear a choferes para luego ofrecerles cajones fúnebres a sus esposas, con el propósito de ganarse su simpatía e incrementar su prestigio político. Otro busca a través de sus negocios turbios establecer alianzas, políticas y corporativas, para afianzar su liderazgo gremial. Una mujer desea a la hija de la amante de su esposo; y a su vez la amante desea ser la esposa; y así sucesivamente.

Quizás sean muchos los que se ven reflejados en estos personajes enclaustrados en un mundo sombrío. Jacques Lacan decía: “El deseo humano es el deseo del otro”. O, dicho de otro modo, deseamos ser el objeto del deseo (o reconocimiento) del otro. Este sentimiento, que surge en el inconsciente, es un producto social, y deviene en una relación (dialéctica) con los deseos percibidos de otros sujetos. Tal vez los cholets reflejen la búsqueda de reconocimiento social de la burguesía, aunque para este fin tengan que transitar recovecos tétricos. Quizás aquí esté lo peor de los deseos.

* Sociólogo.

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