Columnistas

Siete deseos capitales

Para cocinar un buen filme, se precisan los ingredientes básicos; ‘Lo peor de los deseos’ no los usa.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo

01:01 / 05 de diciembre de 2018

A los que mucho desean les falta mucho, dijo hace siglos un señor llamado Horacio. El cine boliviano, salvo contadas excepciones, no reconoce aún que sus deseos no van de acuerdo con sus resultados. La última película nacional es un microcosmos de estas falencias. Arranca aquí una lista de deseos y pecados capitales: anatomía de un naufragio.

Deseo uno: para cocinar un buen filme, se precisan los ingredientes básicos; Lo peor de los deseos, de Claudio Araya Silva, no los usa. Cojea (y cansa) por falta de buen guion, de diálogos verosímiles, de personajes con matices. De un buen texto puede salir también una mala película, pero un guion endeble estará siempre destinado al desastre. La ausencia de buenos libretos, tanto en cine como en teatro, es el pan nuestro de cada día. Muchos quieren ser directores para pisar una alfombra roja. Muchos sueñan con ser actores y actrices, pero son pocos los que anhelan ser guionistas; que es justo lo que más se precisa.

Dos: la coproducción, una buena idea, ha parido engendros en el cine latinoamericano. Un país ponía la plata y el libreto debía adaptarse a los caprichos del mandamás. ¿Resultado? Mamotretos, armatostes, esperpentos. Lo peor de los deseos tiene dineros de México y Colombia. El protagonista es el reconocido actor mexicano Luis Felipe Tovar, quien encarna a Carlos Borja (“como el de Bolívar me llamo”), un dirigente paceño de la federación de choferes 12 de Septiembre. Tovar, en la piel de Borjita, no puede evitar el tonito mexicano y tiene serios problemas con el acento ch’ukuta, factor clave para aportar verosimilitud. Se muestra incómodo, a veces paralizado, en un universo (prestes, alcohol, ritos, noche, cogoteros y chuteros) que desconoce. Y pasa lo mismo con la actriz colombiana (de la serie Doña Bárbara) Esmeralda Pinzón (cabeza de cartel junto con Tovar).

Tres: el efectismo ha hecho mucho daño a nuestro cine. Y el dron llegó para joderlo aún más. Conté más de 10 tomas panorámicas nocturnas, vía dron, de La Paz y El Alto. ¿Qué aportan narrativa y dramáticamente hablando? Nada. El dron es sinónimo de onanismo. En la nueva Ley del Cine se debería incluir un mandamiento que diga expresamente: “no usarás el dron en vano”. Tampoco aportan ni el paisajismo ni los clichés (“Bolivia es un país que goza, hay una fiesta y media por día”). Los estereotipos son los gemelos de aquel efectismo vacuo que todo lo contamina, hasta las buenas intenciones de este filme (como el empoderamiento de las mujeres de pollera).

Cuatro: decía Bertolucci que era necesario dejar una puerta abierta en los rodajes para invitar a la sorpresa. Lo peor de los deseos es moralista y previsible, carece de matices y misterios. Construye personajes planos: un villano (intrínsecamente malvado) no se cimienta sobre la base de histrionismo, gestos exagerados e insultos por doquier. La única que se salva es Inés Quispe, quien rema su papel con toneladas de naturalidad. Luigi Antezana, el antihéroe del filme, trata de sacar petróleo en la adversidad, pero el pozo está vacío. No tenemos elencos de cine y nos da pavor apelar a la fórmula Ken Loach. Araya no dejó nunca la puerta abierta, a nada, a nadie.

Cinco: decía sir Alfred Hitchcock que nunca había que rodar ni con niños ni con perros. Araya en ésta su segunda película, después de Margaritas negras (2003), no hace caso al maestro inglés. Y eso que el pastor alemán tiene más expresividad facial que muchos secundarios.

Seis: ritmo, ritmo, ritmo; con harto ritmo se cocinan las películas que no te obligan a mirar la hora. Con harto fuego se cocinan los corazones en anticucho. Montaje, montaje, montaje; la principal arma de un director.

Siete: ¿cuál es la identidad del cine boliviano alcanzada ya la famosa factura técnica? Hemos pasado, sin pausa pero con prisa, de las películas con temática indigenista y política a filmes existencialistas que se afincan en lo urbano, seducidos por las laderas. Estamos extraviados. Lo peor de los deseos se parece a ratos a Zona sur, luego se convierte en una mala versión de Muralla, y acaba coqueteando con los espejos de Orson Welles. ¿Resultado? “Juntucha”, que en aymara significa “comida recalentada”. Eso, o el naufragio.

* Periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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