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El deshilachado ‘Camino a Trinidad’

Rojo se construye para sí mismo (su voz narradora) una época inocente donde creía en la revolución.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

00:06 / 19 de julio de 2017

Camino a Trinidad es una novela española escrita por un boliviano. ¿O es una novela boliviana escrita por un español? Fue publicada por la editorial valenciana Pre-Textos y ahora ve la luz en un sello nacional, Plural. El libro del periodista José Andrés Rojo (nacido en La Paz e instalado en Madrid desde su adolescencia) tiene palabras como “follar, descojonarse, picos, pringados, niñatos con jersey y follón”. Y parece un copy paste deshilachado de Wikipedia para explicar al lector hispano aquellos sueños “vacíos” llamados Ñancahuazú o Teoponte.

Un periodista vuelve a Bolivia en busca de los afectos perdidos para averiguar qué fue de sus amigos, qué de sus dos compañeros de travesía en barco hacia la capital beniana desde el Chapare en los guerrilleros años 70, qué de los dolores y decepciones ahora despertados, qué de sus pasados.

La obra de Rojo es un mal mejunje, es decir, una juntucha de diversos ingredientes con sabor desagradable. A ratos es rara; a ratos, irrita. El periodista de El País, decadente diario conservador de las Españas, trata de escribir una novela de aprendizajes, de carretera (el camino es el río Chimoré), de viaje interior e introspección, de regresos, de fracasos y ocasos. Trata, pero solo sale espuma. Camino a Trinidad es apenas un ajuste de cuentas ventajista: con la coartada ficcional, el autor ha reescrito su particular “manual del perfecto idiota latinoamericano”.

Rojo experimenta la misma deriva ideológica del periódico que lo cobija: de referencia progresista a aburrido panfleto de propaganda de los poderosos. Evidentemente, esto no es un pecado. Sí lo es la ausencia de personajes, el extravío narrativo, la falta de una voz propia, el intencional desorden y sobre todo el inevitable exotismo a la hora de escribir sobre “buenos salvajes” y un paisaje incomprensible e inextricable llamado Bolivia.

Rojo se construye para sí mismo (su voz narradora) una época inocente donde creía en la revolución. Esta visión raya en lo naif, caricaturesco y absurdo. El protagonista navega de Puerto Villarroel hacia el Beni con ocho balas, una pistola (que nunca es disparada) y dos amigos dispuestos a sumarse a la guerrilla.

La revolución, según Rojo, se parece más a una aventurita de boy scouts. Luego, rápidamente, llega el desencanto y la batería amargada de reproches contra todo: contra Franz Fanon, contra la exigencia de tomar partido, contra la retórica perversa de los revolucionarios, contra el rebaño populista, contra la izquierda quejumbrosa y su amor por los mitos falsos y la violencia irracional, contra las utopías colectivas cargadas de resentimiento, contra la ridiculez de querer cambiar el mundo... O sea, la novela se convierte en una editorial de El País, ése mismo que aplaudió el fracasado golpe de Estado contra Hugo Chávez en abril de 2002. ¿Dónde quedó, entonces, señor Rojo, su “radical afirmación por la vida”?

En medio de la fragmentación, del “Frankenstein” de géneros (crónica, libro de viajes, relato de aventuras, autoayuda, ficción...) en medio del río rumbo a Trinidad, aparece Nietzsche. ¿Quién invita al filósofo al caluroso baile? Rojo lo trae de prisa para dar otra vuelta de tuerca a su manual peregrino. Tras largas y aburridas páginas de la vida amorosa del alemán, Nietzsche viene a dar la razón a Rojo: “¿Qué cosa en el mundo ha provocado más sufrimiento que las tonterías de los compasivos? La estupidez de los buenos es, en efecto, insondable”. Zaratrusta también le da un espaldarazo: “La sangre es el peor testigo de la verdad. La sangre envenena incluso la teoría más pura, convirtiéndola en ilusión y odio en los corazones”. Definitivamente, el temible Nietzsche está con Rojo, ¿quién contra él?

Todavía no sé si “Camino a Trinidad” es una novela española o boliviana, si acaso es una novela. Sí sé que me ha dado mucha flojera llegar a su última página. ¿No deberían tener las editoriales una sección de reclamos? ¿Dónde quedó aquello de si no queda satisfecho le devolvemos su dinero? El libro ha tenido éxito de crítica en España: por favor no lo intente en casa.

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