Columnistas

La desintegración del país

Lo que amenaza  actualmente con dividir al país no es la situación económica, sino política

La Razón / Ramiro Prudencio Lizón

00:03 / 29 de agosto de 2012

Pese a las reiteradas insistencias de muchos sectores del país para que se incluya el término mestizo en el próximo censo, la Ministra de Planificación ha manifestado nuevamente su rechazo a tal inserción,  por considerar que el término mestizo se basa en un tema biológico o racial y no en uno cultural. Es evidente que el Gobierno tiene un interés desembozado en hacer creer a los demás países que Bolivia no es un país mestizo, sino indígena. Pero además, los indígenas no conformarían una sola nación, sino por lo menos 36. Es decir que Bolivia se constituiría en una multitud de naciones, unidas sólo por tener la misma Constitución. Pero sería un Estado donde no habría un idioma común, pues se trata de ensalzar todas las lenguas nativas. Ello redundará en que el país se convertirá en una verdadera Torre de Babel, pese a que el castellano es comprendido en todo el territorio.

Lamentablemente, el Gobierno no se ha dado cuenta que al dividir a la población en diferentes culturas y razas, sólo está permitiendo que surjan ideas en los demás países de que Bolivia podría desintegrarse en un tiempo no muy lejano.  Cabe recordar lo dicho hace unos cuatro años por el expresidente de Colombia Ernesto Samper, que el único país del continente donde existe “la amenaza real de secesión” sería Bolivia. Y este grave comentario es el reflejo de la mirada de la mayoría de los políticos del hemisferio sobre nuestro país.

Evidentemente, la creencia de que Bolivia se disgrega no es de ahora, ya que en otras oportunidades también hubo comentarios semejantes, sobre todo cuando surgieron gravísimas crisis institucionales. Una de ellas fue en tiempos del primer gobierno de Hernán Siles Zuazo, cuando la revista norteamericana Time propuso la “polonización” de Bolivia entre sus vecinos. La revista consideraba que un país que vivía en un caos permanente, y donde se había derrumbado la economía con la reforma agraria y la nacionalización de las minas, lo que le obligaba a vivir de la caridad internacional, no debía mantenerse independiente, ya que con ello sólo perjudicaba a sus propios habitantes.

Ahora bien, ¿estamos tan mal ahora como en esa ocasión? Si tomamos como parámetro fundamental el hecho de que nuestra economía ha mejorado mucho en los últimos años con los altos precios de nuestras materias primas, entonces, ¿por qué se podría pensar que el país tendría posibilidades de desintegrarse? Si la economía todavía se mantiene en buen pie, entonces lo que está amenazando con dividir al país es la situación política. Es triste observar que el actual Gobierno en vez de buscar la unidad de la nación se sigue esmerando en separarla. Se ha establecido en la Constitución Política la insólita decisión de que los indígenas posean un determinado territorio donde puedan ejercer potestades gubernamentales, con autoridades elegidas por sus comunidades, y donde el Gobierno nacional sólo tendría una tuición nominal. Pues bien, el asunto del TIPNIS ha demostrado palpablemente a las autoridades estatales lo errado de dicha política, porque ahora la proyectada carretera por esa zona se le ha convertido en un verdadero quebradero de cabeza.

¿Cuál sería la base de estas pretendidas naciones que ha dado lugar a que Bolivia se haya constituido en un Estado plurinacional? Es evidente que ella tiene una raíz racista, aunque sus propulsores no lo desean reconocer. Pero estas incidencias contravienen paradójicamente la realidad nacional. Y ello porque Bolivia es el país menos racista del continente, ya que el 95% de la población nacional es descendiente de indígenas y si se incluyese el término mestizo en el censo, ello quedaría plenamente confirmado.

En consecuencia, el Gobierno nacional, las Fuerzas Armadas y las instituciones democráticas tienen el deber de promocionar una enérgica reacción nacionalista, incidiendo en los ideales de nación boliviana y de patriotismo integral, para superar totalmente todo proceso de desintegración, que a la larga degeneraría en una verdadera ruptura de la unidad nacional.

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