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La despedida de Sucre

Sucre acató la ley y respetó al ciudadano, fomentó el progreso y liberó de injustas exacciones a los indios

La Razón (Edición Impresa) / José Félix Díaz Bermúdez

02:01 / 22 de agosto de 2015

El mensaje con el que el Mariscal Antonio José de Sucre renunció en agosto de 1828 a la presidencia vitalicia de Bolivia representa un acto sin igual de elevación moral y sapiencia política. Para Sucre ninguna consideración particular era superior al bien de la patria, y suya era la patria a la cual servía con lealtad y honor, ya que: “siguiendo los principios de un hombre recto —señalaba a los legisladores— he observado que en la política no hay amistad ni odio, ni otros deberes que llenar, sino la dicha del pueblo que se gobierna, la conservación de sus leyes, su independencia y su libertad”. Tal fue su resolución de no oponer sus preferencias individuales al ejercicio  de sus deberes públicos que llegó a los extremos, en varias ocasiones, de no dar castigo a quienes atentaron contra su vida, al considerar que tales actos constituían más de enemistad hacia su persona que riesgos a la estabilidad de la República.

Quería el Mariscal el examen de cuanto realizó, pero esperaba el juicio diáfano de los hombres, libre de acriminadora maldad, y para ello rogó al Congreso de Bolivia que no se aplicara en su caso el privilegio de la inmunidad constitucional, jurando regresar si se le acusaba de alguna falta: “exijo este premio —indicó— con tanta más razón, cuanto declaro solemnemente que en mi administración yo he gobernado, el bien o el mal yo lo he hecho (...)”.

No auspició Sucre las antagónicas disputas. Al contrario, desde el comienzo de su mandato dictó medidas invitadoras a la unidad y al acuerdo. En su Decreto de Amnistía, del 24 de mayo de 1826, conminó al olvido de los resentimientos nacidos por la independencia y exoneró sanciones por las opiniones del pasado. Igualmente, les ofreció amplias garantías a quienes atentaron contra su autoridad en los sucesos del 18 de abril de 1828.

Sucre magistrado fue la virtud: acató la ley y respetó al ciudadano, fomentó el progreso, liberó de injustas exacciones a los indios. Obedecía a los otros poderes y ejecutaba el suyo. A problemas urgentes buscó eficaces soluciones. Fundó escuelas cuyos planos realizó; construyó orfanatos y se erigieron catedrales; dio normas a la hacienda nacional y se cancelaron las deudas del tesoro; protegió al periodismo.

Con admonitorias expresiones, como si hubiera tenido facultad para decir presagios, terminó su último mensaje demandando la observancia de las leyes, el respeto a los otros, la conservación de los derechos: “Sin que sea necesario que el estrépito de las bayonetas esté perennemente amenazando la vida del hombre y asechando la libertad”, lección extraordinaria que justifica la admirable vigencia de la inmortalidad del Mariscal.

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