Columnistas

Los desplazamientos de Doña Juana

El traslado en Buenos Aires del monumento de doña Juana Azurduy fue sobre todo simbólico.

La Razón (Edición Impresa) / Yuri Tórrez

00:37 / 14 de noviembre de 2017

Si hay una boliviana que no pasa inadvertida en Buenos Aires esa es doña Juana Azurduy de Padilla. A partir de septiembre, su imponente monumento se encuentra en la Plaza del Correo, en el umbral del majestuoso Centro Cultural Kirchner (CCK). Después de idas y venidas, Doña Juana se ubicó, por este momento político, en aquel lugar. Se organizó un gran operativo para trasladar el monumento de Juana de América, como se la conoce a esta guerrillera de la guerra de la independencia. Estos desplazamientos, más que físicos, son simbólicos, pues responden a una correlación de fuerzas, dado un determinado momento político.

Como si fuera parte de la película Good bye, Lenin! (2003) de Wolfgang Becker, a finales de junio de 2015, cuando todavía gobernaba Cristina Fernández Kirchner en la Argentina, en la Plaza de Mayo de Buenos Aires, contigua a la Casa Rosada (en pleno centro del poder argentino) fue desmontado el monumento a Cristóbal Colón para ser sustituido por el de la heroína boliviana Juana Azurduy; cambio que ya en aquel momento fue resistido por el entonces jefe de gobierno de Buenos Aires, el conservador Mauricio Macri. Era un gesto de un alto voltaje simbólico; que incluso parecía una impronta descolonizadora.

Hasta que las cosas cambiaron. Macri arribó a la presidencia de Argentina, y casi como un efecto colateral, el monumento de Doña Juana fue desplazado. Parece ser una reapropiación simbólica o un saldo de cuenta del macrismo con el kirchnerismo. O, viendo de otra forma, se trata de un funesto fénix del absolutismo colonial que renace de sus cenizas, aventadas a los cuatro vientos, concitando las sombras de aquellos espectros que reaparecen como señales inequívocas de que aún perviven en el imaginario social.

Quizás, en otra arista simbólica, la estatua de Doña Juana, ubicada frente al despacho presidencial, perturbaba a Macri no solamente porque representaba un legado del kirchnerismo, sino que también encarna a los miles de bolivianos que viven en la City porteña. No debemos olvidar que en determinado momento, al unísono de los ecos que venían de los Estados Unidos de Trump, se escuchaba en sectores del macrismo la construcción de muros para evitar la llegada de bolivianos a la Argentina.  

Es decir que esta determinación de desplazar el monumento de Doña Juana responde a una visión anclada en el colonialismo interno de los sectores conservadores de la sociedad argentina, los cuales se resisten a admitir, entre otras cosas, el abigarramiento socio-cultural. Esto pasa mucho más en una urbe como Buenos Aires, que al ser una ciudad cosmopolita también es un archipiélago en la que se van tejiendo varias identidades; y posiblemente la identidad andina proveniente de Bolivia es una de las más importantes. Empero, a muchos porteños, incluido a Macri, les resulta difícil comprender este abigarramiento cultural.

En todo caso, en lo personal prefiero que el monumento de Doña Juana no esté cerca del poder, que como sabemos es perverso; y más bien me alegra de que esté al frente del centro cultural más importante de América Latina, casi como un referente insoslayable de la diversidad de este continente. Quizás la frase “Nadie es la patria, pero todos lo somos”, escrita en el poema Oda de Jorge Luis Borges, cuaje alegóricamente a la imagen de la entrañable Juana de América.

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