Columnistas

El despreciado museo ‘de Evo’

Hasta resulta un desprendimiento del Presidente que haya pensado en algo público.

La Razón (Edición Impresa) / Rubén D. Atahuichi López

01:16 / 07 de febrero de 2017

Tanta obsesión ha despertado el Museo de la Revolución Democrática Cultural de Orinoca (Oruro), que abundan los comentarios en la opinión pública y las redes sociales, unos más exagerados, algunos más sensatos y otros más absurdos.

El Presidente consideró que la obra de Bs 50 millones es “patrimonio de la humanidad”, el vicepresidente Álvaro García calificó de “racistas” a quienes cuestionan el edificio, el opositor Jorge Quiroga cree que el de Orinoca es un gasto “dispendioso”, el ministro Carlos Romero dijo que el repositorio “tiene un valor casi divino”, el diario El Deber describe al complejo como el “museo de Evo” y el diputado Bernard Gutiérrez posteó en el Facebook que “el primer día de un nuevo gobierno, cerraríamos el museo de Evo Morales”...

Cierto, la construcción contrasta con la arquitectura local por su lujo y tamaño (para su tipo, la más grande de Bolivia), y está emplazada lejos del centro urbano más próximo, a 185 kilómetros de Oruro. Es más, por lo pronto, no cuenta con infraestructura adecuada (no hay hoteles ni restaurantes, sí una vía asfaltada hasta cerca del lugar) para una eventual ruta turística hacia el centro.

Más allá de su concepción ideológica (pretende restituir la historia no siempre contada de los pueblos y movimientos indígena originario campesinos), la única razón comprensible para que estuviera instalada en Orinoca es su condición de tierra natal del presidente Evo Morales.

Alguna herencia tenía que dejar el hijo predilecto a su terruño, más allá de su visibilización en el mundo, que de por sí ya es un hito. ¡Y vaya el regalo que acaba de entregar éste! ¡Y con plata de los bolivianos!, dirán algunos detractores del emprendimiento arquitectónico.

No hay registro alguno sobre cuántos obsequios recibieron los antecesores de Morales ni norma que haya obligado su catalogación. Seguro que han sido pocos, que deben estar guardados en algún baúl familiar o una pared que solo los más cercanos a aquéllos pueden disfrutar o conocer la historia sobre su origen.

Desde mucho antes de su asunción, el 22 de enero de 2006, Morales recibe —así, en presente— miles de regalos por donde va, en el país o fuera de él: ponchos, sombreros, bastones de mando, poleras deportivas, adornos, cuadros y esculturas con su imagen, artículos típicos de los lugares que visita, presentes de reyes, papas o jefes de Estado y de Gobierno... Si hace dos años la Casa Presidencial de San Jorge o las viviendas particulares del Presidente en la calle 22 de Octubre de La Paz o Villa Pagador estaban repletas de regalos, y en completo desorden, es inimaginable la cantidad ahora.

¿Debió llevárselo todo, dejarlo en el Palacio de Gobierno o entregarlo a algún repositorio en el país? Es difícil pensar que esas toneladas de presentes perduraran más allá del gobierno que preside Morales, si incluso proponen cerrar el museo una vez que éste termine su mandato.

Hasta resulta un desprendimiento del Presidente que haya pensado en algo público en vez de uno privado, que también pudo ser posible. ¿Monumento a su ego? Seguro que sí, si todos son miles de regalos que recibió en su condición personal y trascendencia histórica en el país y el mundo, que es difícil soslayarlas, que llevan su impronta y significan un aprecio especial por él que no tiene precedentes en otros en el país.

Que en torno a esa obra Morales y su gobierno quieran ensalzar su figura, sí es cuestionable. Pero, a opinar de memoria y con rabia sobre ella, será mejor hacerlo una vez recorrido el establecimiento que ahora enorgullece a los orinoqueños.

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