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Un día triste

La firma que solicita la activación del Art. 50 del Tratado de Lisboa certifica un fracaso colectivo

La Razón (Edición Impresa) / José Ignacio Torreblanca *

00:03 / 06 de abril de 2017

La firma al pie del texto solicitando la activación del artículo 50º del Tratado de Lisboa certifica un fracaso colectivo. Por eso fue una tarde triste la del martes 28 de marzo, y un día triste el miércoles 29 cuando Sir Ivan Rogers depositó en Bruselas la carta de su primera ministra comunicando el deseo del Reino Unido de retirarse de la Unión.

Se trata de una derrota de gran magnitud. Porque si algo ha sido la Unión Europea hasta ahora es enormemente flexible para acomodar las idiosincrasias nacionales. Los 44 años de pertenencia del Reino Unido a la UE son la mejor y primera prueba de ello, pues en ese periodo pudo negociar con sus socios una participación a la carta en la que se autoexcluía del euro, y luego de sus políticas de rescate, también de una parte importante de los asuntos de justicia e interior, incluyendo las políticas de asilo y refugio, por no hablar de algunos aspectos de la política social, el presupuesto común o la política exterior y de seguridad.

El Reino Unido llegó a la Unión Europea en su peor momento nacional: emergía de un largo y traumático periodo de descolonización y estaba anquilosado económicamente y roto políticamente. Dentro de la UE no solo ha prosperado, sino brillado con luz propia y liderado. Su éxito desmiente con toda rotundidad a los que secularmente han sostenido que Londres solo podía ser influyente en el continente desde fuera; al contrario.

Ahora se van, producto de la incompetencia de sus políticos, sobre todo conservadores y laboristas, y la alianza del algunos lobbies nacionalistas y chauvinistas con la peor prensa sensacionalista y, directamente, racista. Estamos ante la primera gran victoria en el continente europeo de lo que los autoproclamados teóricos de la democracia radical (aunque son radicales, no demócratas) llaman “Ilustración populista”; el momento en el que el pueblo sabio retoma el control sobre su futuro y se sacude el yugo de élites y expertos.

Las mayorías, sostienen, no necesitan más legitimación que la mayoría, y por eso siempre aciertan. Pero se equivocan; y grandemente. Nos quedan muchos y buenos amigos en las Islas Británicas, gente que cree en la misma Europa que nosotros y que necesita seguir creyendo en ella. En las negociaciones que se abren debemos ser firmes con su Gobierno, pero ejemplares ante ellos.

* es doctor en Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Madrid, director de Opinión de El País.

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