Columnistas

El diablo anda suelto

El problema es que estamos enfermando a la Tierra; y estas son las consecuencias que desata la codicia.

La Razón (Edición Impresa) / Edgar Arandia Quiroga

20:32 / 31 de agosto de 2019

Hace unas semanas nos referíamos al instinto malévolo de los políticos cuando desatan a su diablo interior en épocas electorales. Ubique daimon, aseguró un discípulo de San Agustín; vale decir, el diablo está en todas partes, y esta vez, según el sermón de un fragoroso pastor evangélico que actúa en la Garita de Lima, se ha posesionado de la Amazonía y de los hombres codiciosos. Alerta además a sus feligreses de que muy pronto los ángeles vengadores bajarán, anunciando con sus trompetas el fin del mundo y el retorno triunfal de Jesucristo.

Este encendido discurso apocalíptico es acompañado por movimientos rítmicos y cantos entonados por un grupo de señoritas que azotan sus panderetas. Los curiosos se paran y escuchan sin inmutarse ni mostrar miedo; solamente sus fieles alzan los brazos al cielo y lloran pidiendo perdón, animando al pastor, quien suda y cambia su lenguaje al aymara. El desastre ambiental se ha convertido en un tema parecido al fútbol, todos opinan y los políticos de la oposición aprovechan para sacar réditos. El oficialismo hace otro tanto… y el pastor, también, mientras los diablos danzan sobre las cenizas.

La Amazonía alberga ingentes riquezas: minerales, hidrocarburos, sin descontar su potencial agropecuario y la reserva de flora y de fauna, que está entre las más ricas del planeta, y sus bosques altos considerados los pulmones del mundo. Eso lo sabemos todos, pero lo que no sabemos es que estos territorios siempre han despertado el lado oscuro de la codicia de las transnacionales y de las potencias, que a su turno intentaron muchas veces deforestarla para buscar hidrocarburos, ampliar las fronteras agrícolas y campos para criar ganado, cuyo costo de cría es el más depredador y destructor. Bolivia no es la excepción, durante la dictadura banzerista la frontera agrícola se extendió varios kilómetros en el bosque virgen. Y así sucesivamente, generando una clase productora fuerte en Santa Cruz, donde se cobijaron, desde entonces, los grupos más conservadores.

La roza y la quema siempre fueron los modos para preparar los terrenos para la siembra y otros menesteres. La quema es más barata y no requiere el esfuerzo humano remunerado. Por lo tanto, es una vieja práctica que han mantenido los pequeños y grandes productores en Brasil, Paraguay y Bolivia. Mientras la oposición asegura que se han quemado más de 1 millón de hectáreas, el oficialismo dice que es solo la mitad. Mientras que la oposición exige la declaratoria de desastre nacional y que se pida ayuda extranjera, el oficialismo les dice no. Es una pulseta estúpida. La oposición piensa que si logra su pedido será un triunfo que le favorecerá en la contienda electoral y el Gobierno lo tomaría como una derrota; en tanto, el diablo danza sobre la ceniza.

A todo este baile se sumó, desde su refugio dorado, el genocida Carlos Sánchez Berzain, emulando a varios diputados de la oposición que ven un monte cuchi encerrado, diciendo que hay un plan para que estos territorios sean posteriormente adjudicados a los cocaleros y a los ganaderos, quienes ahora tienen abierto el mercado chino para exportar ganado. Además de llevar colonizadores a esa región para que voten a favor del oficialismo.

La Ley 741 de 2015 ya autorizaba desmontar hasta 20 hectáreas “en armonía con la Madre Tierra”. En julio de este año se aprobó el DS 3973 que modifica el Art. 5 del DS 26075 del 16 de febrero de 2001, vale decir, un decreto de hace 18 años atrás. El texto ahora dice: “En los departamentos de Santa Cruz y Beni se autoriza el desmonte para actividades agropecuarias en tierras privadas y comunitarias que se enmarquen en el manejo integral y sustentable de bosques y tierra, conforme a los instrumentos de gestión específicos aprobados por la Autoridad de Fiscalización y Control Social de Bosques y Tierra (ABT)… En ambos departamentos se permiten las quemas controladas de acuerdo a reglamentación vigente, en las áreas clasificadas por el PLUS que así lo permitan”. Es decir que las normas no funcionan, porque el problema es que estamos enfermando a la Tierra, no estamos viviendo con ella, sino de ella; y estas son las consecuencias que desata la codicia. Tres diablitos fueron atrapados, pero los diablos mayores están en otra parte.

* Artista y antropólogo.

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