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Los días de agosto abren…

Estas maravillas no se dejan ver los días laborales, por la enloquecida circulación de la abigarrada urbe

La Razón (Edición Impresa) / A fuego lento - Édgar Arandia

00:50 / 10 de agosto de 2014

Cada vez que la ciudad se vacía por los feriados nacionales, aprovechamos para ejercer nuestra vieja costumbre de recorrer la piel de sus calles y ver sus rincones magullados por el tiempo. Lo primero que sentimos son los olores penetrantes que las wajtañas (ofrendas) para la Pachamama que aún se esconden entre las veredas y los acres perfumes de los festejos.

Agosto es un mes muy importante en la cultura andina y amazónica. Para los primeros es el mes del pago a la Pachamama y el inicio del ciclo agrícola, con la siembra de la quinua por delante; por esta razón hay que ofrendarle una mesa con los 12 misterios para que coma y agradecerle por todo lo que nos brinda. Esos son rituales de las dos primeras semanas, después les corresponde a los mineros ofrendarle a la Manka Pacha o mundo de abajo y a sus divinidades como el Chacha Supay y la Warmi Supay, para agradecerles por la riqueza mineral y solicitarles que les orienten para encontrar nuevas vetas; en tanto, entre los sirionós, es el mes con el que empieza el año y se venera a Asonjá, su principal divinidad.

La fecundidad está íntimamente relacionada con la mujer, por eso, en una sutil estrategia de sobrevivencia cultural de las estructuras de la religiosidad aymara-quechua, la Pachamama fue subsumida en las imágenes católicas de las vírgenes. La célebre obra La Virgen del Cerro (en Bolivia existen tres versiones), que se exhibe en el Museo Nacional de Arte, es una confirmación de lo aseverado.

Este mes proliferan las fiestas marianas. Las vírgenes de Copacabana, De las Nieves y de Urkupiña tienen sus celebraciones en la mayor parte del territorio boliviano y en el mundo, donde viven nuestros compatriotas. Por eso ya no es raro ver prestes en el centro de Buenos Aires, en Madrid o en Barcelona, incluidos su grupo de danzarines.

El 6 de agosto varias calles de la ciudad estaban tomadas por los danzarines devotos de la Virgen de Copacabana. Estos se instalan en las esquinas y las cajas de cerveza circulan continuamente, como las micciones de los alegres fieles que hacen una serie de malabares para no despojarse de sus vestimentas de moreno, especialmente. Las señoras, en cambio, organizan un biombo con sus cuerpos para que sus compañeras generen otro afluente al pequeño río que se va formando.

Digo para mis adentros: ¿no será bueno establecer una norma municipal que obligue a los pasantes que celebran en las calles alquilar los baños que se utilizan en las entradas? Éstos duermen mucho tiempo y salen a las calles solo tres veces al año; además, el municipio tendría otra fuente de ingresos. Digo yo, de esa manera el acre perfume paceño puede disolverse.

La celebración que observé estaba justo en la esquina de la cervecería, en la Capitán Echeverría, casi junto a la avenida Montes, cuyas calles fueron erigidas a principios del siglo XX y mantienen fachadas con adornos en yesería de mascarones griegos y adornos fitomórficos, balcones con fierro forjado, altos portones y patios centrales que fueron engullidos, poco a poco, por cuartitos para alquilar. Muchas de estas bellas edificaciones están desapareciendo. En días feriados y cuando puedo les saco fotografías, lo que me permite ver, cada año, con impotencia, cómo van cayendo, una a una, casas que fueron ejecutadas durante la era de la minería de la plata y el traslado de la capital política de Sucre a La Paz. Muchas de ellas todavía ostentan sus fechas en sus portones, pero cada vez son menos.

Digo, para mis adentros: ¿no sería bueno que, aparte de declarar patrimonio arquitectónico a estas edificaciones, se premie y apoye a los propietarios para que las conserven en buenas condiciones y convertirlos en otros atractivos turísticos? No solo en ese sector de la ciudad, que fue un barrio de criollos en la época colonial, existen estas maravillas que no se dejan ver los días laborales, por la enloquecida circulación de la abigarrada urbe. Sin embargo, los días feriados la ciudad nos abre sus innumerables tesoros a los sentidos.

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