Columnistas

Una dictadura casi perfecta

Al mando supremo del poder durante 16 años, el tándem familiar está rodeado de sus siete hijos.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

00:08 / 05 de noviembre de 2016

Mi cariño por Nicaragua se remonta a la década de los 60, cuando trabajaba bajo la tutela del presidente costarricense José Pepe Figueres en la Escuela Interamericana de Educación Democrática (EIDED). Allí invitamos a una conferencia a Pedro Joaquín Chamorro (1924-1978), director de La Prensa de Managua y líder opositor a la dinastía de los Somoza. Desde entonces visité varias veces esa tierra tildada como cuna de “volcanes, lagos, poetas y analfabetas”. Mi amistad con Pedro Joaquín se extendió a su esposa Violeta, quien fue elegida presidenta (1990-1996), y en tal condición la recibí en Santa Cruz en ocasión de la Cumbre de Desarrollo Sostenible de 1996.

El asesinato de Chamorro en 1978 fue el detonante para que la incipiente guerrilla impulsada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) reciba mayor apoyo popular y protagonizara atrevidas acciones como la toma del Palacio Nacional y otras que mostraban un coraje imparable. Así, el 19 de julio de 1979, “los muchachos” arremetieron contra el despotismo gobernante, precipitando la fuga del dictador Anastacio Tachito Somoza.

Apenas instaurado el FSLN en el poder, acogió múltiples manifestaciones de respaldo internacional, tanto de voluntarios europeos como de agencias intergubernamentales, entre ellas la Unesco, que me nombró Asesor Técnico Principal (CTA) en el equipo enviado para cooperar al ambicioso proyecto educativo que incluía una vasta campaña de alfabetización.

En esa cruzada fui testigo y actor de los tres primeros años de la revolución sandinista, pletórica de románticos objetivos que supuestamente iban a facilitar el tránsito de la tiranía derrocada hacia una sociedad justa y solidaria con la empobrecida mayoría. Eran jornadas de agotadora labor estimulada por la alegría juvenil de miles de voluntarios extranjeros (entre los cuales figuraban decenas de bolivianos) y cuadros militantes locales. La Guerra Fría, aún vigente, contribuía a atizar el fuego antiamericano con bandas de bolcheviques rezagados y afanosos barbudos cubanos.

La mística sandinista entronizó nuevos santos, elevó a la categoría de mártires a los caídos en la lucha armada, e intoxicó al pueblo todo con sus cánticos que ensalzaban el sandinismo. Los logros comenzaron a saborearse cuando el analfabetismo cayó del 52 al 12%, mediante programas radiales y televisivos como aquel denominado “Puño en alto”. La reforma agraria y la confiscación de casas y terrenos pertenecientes a oligarcas exiliados tomaron cuerpo, y las iniciativas de promoción agrícola e industrial empezaron a dar frutos. El inevitable reflujo de la política hizo que el FSLN pierda las elecciones presidenciales de 1990, en favor de Violeta Chamorro. Replegados a la oposición, Daniel Ortega y sus hombres, gracias a una ardua labor organizativa, retornaron democráticamente al poder desde 2006 hasta la fecha.

En esta nueva etapa es cuando comienza la corruptela en las ramas dirigentes y cunde la división en el partido. Ortega fue, sin embargo, reelecto y el 6 de noviembre de 2016, sobre la base de una maquinaria aceitada por ingentes recursos de proveniencia inconfesable, asumió la presidencia por cuarta vez, en elecciones amañadas, llevando en su grupa, como vicepresidenta, a su esposa, Rosario Murillo. Al mando supremo del poder durante 16 años, el tándem familiar está rodeado de sus siete hijos, todos con puestos públicos de jerarquía, todos millonarios. Así se cumple la comedia anunciada por George Orwell en su clásico Revuelta en la Granja, cuando los animales expulsan de la hacienda a los patrones explotadores para gobernarse por sí mismos, pero después de poco tiempo los chanchos (casta dirigente) imitan todas las mañas de sus antiguos dueños y finalmente pactan con ellos para continuar expoliando, esta vez juntos, al resto de la animalidad, donde resaltan los burros como la clase trabajadora. Entonces, dice Orwell, el pueblo animal mira estupefacto de chancho a hombre y de hombre a chancho sin poder distinguir quién era cuál.

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