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¿Por qué es tan difícil crear empleos?

La escasez de tra-bajo es el problema económico social más importante y urgente de EEUU.

La Razón (Edición Impresa) / Robert J. Samuelson

04:04 / 23 de febrero de 2013

El presidente Obama y los demócratas quieren más puestos de trabajo. También lo quieren los republicanos. Todo el mundo lo quiere. Sin embargo, la creación de puestos de trabajo es débil. Es cierto que la economía de EEUU ha generado 5,5 millones de puestos desde su punto más bajo. Aún así, hay 3,2 millones menos ahora que en el récord anterior. La tasa de desempleo oficial es 7,9%, pero sería de un 14,4% si se incluyera a los que trabajan a tiempo parcial y querrían trabajar a tiempo completo y a los que, desanimados, han dejado de buscar trabajo, señala Janet Yellen, vicepresidenta de la Junta de la Reserva Federal. La escasez de trabajo es el problema económico y social más importante y urgente de la nación.

Lo que es especialmente descorazonador y desconcertante es que, hasta ahora, se consideraba la creación de puestos de trabajo como una cualidad inherente de la economía norteamericana. A pesar de algunos años de falta de trabajo creada por recesiones, el desempleo promedió un 5,6% entre 1950 y 2007. La Oficina de Presupuesto del Congreso no espera que esa cifra descienda por debajo de un 7,5% hasta 2015.

Algo ha cambiado en la forma en que funciona la economía. Una teoría es el “des-apalancamiento”: los estadounidenses pagan su deuda elevada. La economía no se acelerará hasta que se complete ese proceso, sostiene ese argumento. El hecho de que el servicio de la deuda haya bajado a niveles de principios de 1990 se considera como un buen presagio. Otro enfoque es examinar la economía por sectores, y ver cuáles van a la zaga, comparados con recesiones pasadas. Yellen tomó ese camino y halló el sector de la vivienda (su gran crisis) y los gobiernos locales y de los estados (recortes de gastos). Nuevamente, se considera que hay indicios alentadores. La construcción de viviendas, los precios y las ventas han aumentado; y los gastos en el ámbito estatal y local se han estabilizado.

Este análisis ayuda pero, a mi parecer, no tiene en cuenta la historia principal. Exagerando un poco las generalizaciones, hemos pasado de ser una sociedad expansiva, que asume riesgos, a una sociedad asustadiza, con aversión al riesgo. Antes de la crisis financiera de 2008-2009, la inclinación era a gastar más y rendirse a una gratificación inmediata. ¿Quieres un automóvil nuevo? Seguro, por qué no. ¿Más cenas fuera de casa? ¡Gran idea! Las empresas se comportaron en forma similar. Los bancos concedieron más préstamos; las empresas contrataron más trabajadores y aprobaron más proyectos de inversión. La economía siempre en expansión justificaba el optimismo, y el optimismo respaldaba la economía siempre en expansión. Hola, burbuja.

Ahora la psicología se ha revertido. El sesgo es contra los gastos extras. ¿Cenar afuera? Comamos lo que quedó de ayer. ¿Reformar el sótano? Oh, déjalo como está. En los años de auge, la tasa personal de ahorro (los ahorros como porción de los ingresos después de los impuestos) cayó de un 10,9% en 1982 a un 1,5 % en 2005. Ahora está subiendo lentamente; entre 2010 y 2012, promedió un 4,4%. Podría subir más, imponiendo otro lastre para la economía. Las empresas también se han echado atrás. Se resisten a aprobar créditos, inversiones y la contratación de empleados. Desde 1959, la inversión de las empresas en fábricas, oficinas, mobiliarios, máquinas, etc. promedió un 11% de la economía (producto bruto interno) y alcanzó un pico de casi el 13%. Ahora está levemente por encima de un 10%, informa el economista Nigel Gault, de IHS Global Insight.

Observen que estas actitudes gobiernan sectores que dan cuenta de aproximadamente cuatro quintos de la economía: el gasto del consumidor constituye alrededor del 70% del PBI; las inversiones de las empresas representan el resto. Hacen que el sector de la vivienda parezca pequeño, alrededor de un 2,5% del PBI. La cautela y la aversión al riesgo no son tan grandes como para causar una recesión, pero en el margen han limitado la expansión de la economía a tasas —últimamente de entre un 1 y 2%— demasiado débiles para absorber la mayoría de los desempleados. El pesimismo produce una economía deprimida; la economía deprimida produce pesimismo. Ésa es la principal explicación de la deficiente creación de puestos de trabajo.

Tal como he escrito anteriormente, este viraje psicológico se generó del hecho de que la crisis financiera y la Gran Recesión no se predijeron. Los estadounidenses no están sólo desapalancando; también están creando riqueza para protegerse contra peligros desconocidos. Quizás el reciente movimiento hacia precios récord en el mercado de valores sea un indicio de una confianza restaurada. Pero recuerden: el mercado está simplemente volviendo a los niveles de fines de 2007. Un informe del Credit Suisse sostiene que el rendimiento de las acciones promediará alrededor de un 3,5% anual (después de la inflación) en los próximos 20 años, un pronunciado bajón del 6% desde 1950. Para compensar el rendimiento menor, las empresas necesitarán contribuir más a las pensiones. Los jornales sufrirán. Los gastos de consumo se debilitarán.

Somos rehenes de una psicología obcecada y restrictiva. No hay un arreglo obvio para el bajo crecimiento de los puestos de trabajo, precisamente porque requiere un cambio en el humor de la población o alguna fuerza autónoma de demanda agregada —una explosión de las exportaciones, inversiones en nuevas tecnologías— que no puede predecirse ni controlarse fácilmente. Podría ocurrir pero no puede garantizarse. La política importa, hasta cierto punto. Las constantes querellas por el presupuesto y los impuestos entre la Casa Blanca y el Congreso generan incertidumbre y subvierten la confianza. Obama care desincentiva la contratación, aunque no está claro en qué medida. Pero las soluciones grandiosas, como los gastos en infraestructura, se hunden por falta de viabilidad. Llevaría tiempo alcanzar un nivel significativo de proyectos y representaría un gasto excesivo para el presupuesto. Aguardamos, abrigando esperanzas.

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