Columnistas

De difuntos en su día

La Razón (Edición Impresa) / Máscaras y espejos - Fernando Mayorga

00:00 / 29 de octubre de 2017

De vez en cuando me da por repasar un texto que escribí años ha para inspirarme y esbozar unos epitafios “para vivos y vivillos”. Es una manera de encarar la muerte y su celebración en el Día de Difuntos, porque existen muchas maneras de enfrentar la muerte.

En los tiempos del Terror, cuando Robespierre mandaba a punta de guillotina en la Revolución Francesa, un intelectual fue sentenciado un día de aquellos. En la mañana fatal, la víctima se dirigió al cadalso a paso lento y con la mirada fija en la página del libro que estaba leyendo desde hacía muchas noches. Se detuvo frente a su verdugo que, con un gesto, pareció decirle que dejara de leer y que se trataba de otra cosa. El lector humedeció la punta de su dedo índice y dobló la última página que habían registrado sus ojos. Depositó su libro a un lado de la guillotina con un aire de desaliento. Luego, escuchó un redoble de tambor antes de apoyar su cabeza en la madera y ¡zas!, la cuchilla vertical hizo el resto. No sabemos cuándo volvió a abrir su libro en la página doblada, para retomar su hábito de lectura interrumpido por ese detalle intrascendente. Recuerdo haber leído este fragmento en un libro que me prestó el Ojo de Vidrio que nombra a la muerte de la mejor manera posible: La Ñatita, el equivalente a La Catrina, la señora que respetan los mexicanos y la celebran en estas fiestas de difuntos. Como nosotros, pero con sello propio.

Porque existen muchas maneras de celebrar la muerte. Los mexicanos son la vanguardia en esta práctica y se percibe/expresa en la narrativa de Juan Rulfo y en los grabados de José Guadalupe Posadas y, también, en las calaveritas de dulce que chupan los niños en el Día de Difuntos celebrando su celebración con una golosina que tiene su nombre grabado en la frente.

Existen diversas maneras de jugar con la muerte. Así, el Tambor José Santos Vargas, habitante de los valles interandinos, escribió en su memorable Diario de un Comandante de la Guerra de la Independencia: “moriremos si somos zonzos”. Y del otro rincón del continente, Edgar Allan Poe, también escritor: “A la muerte se le toma de frente y con valor, y después se le invita a una copa” (Por la copia, Café El Péndulo, Ciudad de México).

Existen variadas maneras de irse de la vida y de quedarse sin la muerte. Poco antes de fallecer, Luis Buñuel (vean su memorable película El ángel exterminador) redactó su testamento dejando toda “su fortuna”… a Rockefeller y se confesó a un cura por todas las herejías que hizo contra... la Iglesia. O Jaime Sáenz, quien siempre recordaba esa frase escrita en la estatua de Colón en El Prado paceño: “vivir no es necesario, navegar es necesario”, antes de sumergirnos en los laberintos de su narrativa que juega entre el más allá y el más acá.

Existen varias maneras de arrinconarse ante la vida, de enfrentarse con la muerte. Sino, pregúntenle a Bergman (no se hará al sueco); a la niña de Guatemala (la que se murió de amor); a Jesús Urzagasti (te mirará desde su ventana que da al parque); o al fantasma de Canterville (en la versión de Charlie García: “he muerto muchas veces, acribillado en la ciudad”). Y aunque aparentemente sufro de la pesadumbre mínima necesaria para producir una prosa melancólica, prefiero derivar mi difusa congoja y mi amorfo sentido trágico de la existencia hacia un silencio dubitativo y simplemente escuchar Terremoto de Sipe Sipe, ese bolero de caballería que nuestros abuelos nos hicieron creer que es para los entierros y no para celebrar la vida de los muertos; a los muertos que nunca nos abandonan. Como el Filipo hace poquito, dejándonos, pero sin irse nunca.

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