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Que me digan Casiano...

‘Cambié mi guitarra por un fusil’, fue su proclama devenida en testimonio político y revolucionario

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Mansilla Torres

00:02 / 22 de octubre de 2014

Casiano, así quiso llamarse Benjo Cruz para ser guerrillero, hace 45 años. Era Benjamín Inda Cordeiro, hijo de un periodista de derecha y de una maestra sucrense que le heredó el gusto por las coplas en quechua sureño: Pilcumayuta pasaspa...

Bachiller del colegio San Calixto, fue a estudiar medicina en Argentina, pero se afilió a la canción social al influjo del poeta Tejada Gómez. A finales de 1965 volvió a La Paz como Benjo Cruz, y con la bella Elvira procreó a Martín Lucas. Era el artista más querido por el pueblo.

En el apogeo de su fama, en julio del 69 enfiló a Teoponte junto a 68 universitarios, miembros del Ejercito de Liberación Nacional (ELN) de Bolivia, convencidos de seguir la lucha antiimperialista del Che. “Cambié mi guitarra por un fusil”, fue su proclama devenida en testimonio político y revolucionario.

En un combate lo hirieron y sangrando de las ingles fue asistido por Pedrito, el médico José Arce Paravicini. Se guarecieron en una choza arriba de Sararía, Alto Beni, y ahí les cayó una tropa republicana que tenía por consigna “ni heridos ni prisioneros”. Un teniente de apellido Espinoza lo encañonó: “Ahora vas a cantar para mí, cantorcito de mierda”. El soldado Veizaga narró después que Benjo entonó de inmediato Viva mi patria Bolivia… y que una ráfaga de metralleta le cortó el aire. Como al Che.

Aquel oficial macho ejecutó también al otro combatiente. Le disparó con la soberbia del cantor falaz que el 12 de abril de 1998, 29 años después, dijo en una entrevista: “(...) mejor si no te manchas metiéndote en política, que es lo que más o menos sucedió con Benjo Cruz (…) Eso dejó una huella tremenda que creo dura hasta ahora”.  

En el sindicato de radialistas velamos su cuerpo rescatado de la selva y del olvido. Cantallorando, decenas de artistas hicieron la guardia toda la noche. Ante el féretro leí mis versos para él. Lo enterramos lloracantando con charangos, quenas, sicuris y bombos: “Su poncho negro al viento, su aire sereno, su destino violento, su canto pleno, su mano un firmamento de pan  moreno... No ha muerto, no puede ser, él nos espera en el fecundo poder de su bandera, donde vuelve a florecer la primavera”. Esta primavera del cambio. El Casiano. El Benjo. El hombre nuevo. Él.

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