Columnistas

La dignidad de Dimitris

El jubilado se quitó la vida agobiado por la política de recortes impuesta por el propio FMI

La Razón / José Luis Exeni

04:46 / 22 de abril de 2012

El Fondo Monetario Internacional (FMI), después de todo, tiene su corazoncito. En una rueda de prensa, en algún lugar sin nombre, su vocero hizo una reveladora declaración: el organismo crediticio, dijo, se siente “profundamente triste” por el suicidio de un jubilado griego. ¿Se imaginan? El FMI, nada menos, apenado. Sobre todo por las “circunstancias” de la muerte. Y expresa su pésame.

Dimitris Christulas, farmacéutico jubilado, afín al movimiento de los indignados. Hace dos semanas, temprano en la mañana, este griego de 77 años llegó en metro hasta la plaza Sintagma, a pocos metros del Parlamento. Y allí, en el kilómetro cero de Atenas, se suicidó. “No puedo vivir en estas condiciones. Me niego a buscar comida en la basura”, decía el mensaje que llevaba en un bolsillo.

A esa muerte y circunstancias se refería el FMI al manifestar su tristeza. Lo que no dijo es que el jubilado se quitó la vida agobiado por la política de recortes impuesta por el propio Fondo que, junto al Banco Central Europeo y la Comisión Europea, conforman la indolente “Troika”. El imperativo es pagar la deuda. Y si la austeridad provoca uno o cientos de suicidios, qué pena: a la cuenta de los “efectos colaterales” del ajuste.

La muerte de Dimitris fue una señal de resistencia. En su nota no sólo culpaba al “Gobierno de ocupación” de “aniquilar cualquier esperanza de supervivencia”, sino también convocaba a los jóvenes griegos sin futuro a colgar a políticos y banqueros, esos traidores. “A fe que si un griego agarrara un Kaláshnikov, yo sería el segundo en hacerlo”, aseguraba lamentando no tener menos años para tomar las armas.

¿Y el pesar del FMI? Más allá de la hipocresía, resulta una caricatura ante las reiteradas advertencias/fantasmas que, bien mediatizados, se agitan hoy en la Europa en crisis: los mercados son sensibles, cuidado con lastimarlos; las bolsas se resienten, nada de protestas; los bancos pueden enfermarse, hay que protegerlos; las calificadoras de riesgo se ofenden, guarden silencio. ¡Qué tal! ¿Y las personas?

Fue el buen José Saramago quien con mayor vehemencia denunció que las democracias de papeleta se habían convertido en una ritualidad para designar a los comisarios políticos encargados de cuidar los intereses de poderes económicos que nadie elije. El nuevo totalitarismo de los acreedores así lo demuestra. Los derechos de la gente, en tanto, como las Constituciones e instituciones, están suspendidos.

Pero lo que más llama la atención es la ceguera. Las medidas de ajuste impuestas a ultranza en una parte de Europa son bastante parecidas, al menos en la receta de austeridad y privatizaciones, a las políticas de estabilización que los Gobiernos neoliberales, por mandato de organismos internacionales, aplicaron en nuestros países hace más de dos décadas. Los resultados son por demás conocidos.

¿Puede acaso el Norte global, empezando por la Eurozona, mirar más allá de su arrogante ombligo? ¿Le interesa hacerlo? Y si acaso su soberbia le impide aprender de las experiencias del Sur, ¿por qué no se digna a observar el camino, tan íntegro, tan distinto, adoptado por Islandia, que optó por encarcelar a los culpables de la crisis en lugar de condecorarlos y escuchar a la gente en vez de sacrificarla?.

“No encuentro otra solución que un final digno”, escribió el jubilado que se quitó la vida en plaza pública. Antes de él, en los últimos tres años, en silencio, más de un millar de griegos había optado por el suicidio como recurso ante la precarización. Esa estadística no cuenta para la contabilidad del ajuste. Los jodidos jubilados estorban, duran mucho, son demasiados. No en vano el FMI, recuperado de sus 15 minutos de tristeza, advierte ahora sobre “el riesgo de que la gente viva más de lo esperado” (sic).

Señales. “No podemos ajustarnos el cinturón y bajarnos el pantalón al mismo tiempo”, decía con ironía un cartel de los indignados. Con su radical decisión, Dimitris mostró el límite. La Troika no tiene reformas contra la dignidad y la (des)esperanza.es comunicador.

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