Columnistas

El dilema de Egipto

Los egipcios siguen enfrentando la elección entre la dictadura militar y una democracia no liberal.

La Razón (Edición Impresa) / Fareed Zakaria

02:56 / 14 de julio de 2013

En las últimas tres décadas, cuando los funcionarios estadounidenses presionaban (suavemente) al expresidente de Egipto Hosni Mubarak para que dejara de encarcelar a sus opositores e iniciara reformas más democráticas, invariablemente respondía diciendo: “¿Quieren que la Hermandad Musulmana esté en el poder?”. Los acontecimientos del miércoles pasado sugieren que los egipcios siguen enfrentando esta elección entre la dictadura militar y una democracia no liberal. Para tener éxito, los nuevos líderes de Egipto tienen que encontrar una manera de rechazar ambos sistemas. Esa es una tarea de los egipcios, no de EEUU.

Gran parte de la prensa occidental ha tenido la tendencia de describir la división existente en Egipto como la de laicos e islamistas, y retratan al presidente egipcio derrocado, Mohamed Mursi, como alguien que ha seguido una agenda islámica radical en su año en el cargo. Sin duda hay cierta verdad en esta narrativa, aunque la historia sea más sobre la apropiación de poder que de la promulgación de la Shariah.

Mursi y la Hermandad Musulmana han sido engañosos, avaros y corruptos. El partido prometió que Mursi no sería ni candidato a la presidencia, ni buscaría una mayoría parlamentaria. No cumplió ninguno de los compromisos. Se apresuró con una Constitución que era deficiente en muchas garantías fundamentales de los derechos individuales. Permitió la discriminación e incluso la violencia contra la minoría cristiana copta en Egipto. Ha tratado de callar a la oposición, prohibiendo que los miembros del antiguo partido de Mubarak ocuparan cargos políticos en Egipto de por vida. Sin embargo, su mayor fracaso ha sido la incompetencia. Egipto está en caída libre. En el año que Mursi estaba en el poder, la economía se hundió, el desempleo se disparó, el orden público se derrumbó, la delincuencia aumentó y los servicios sociales básicos se estancaron. Esto por sí solo sería suficiente para producir el descontento público masivo.

Al inicio de las revueltas, el disgusto público se canalizó contra el Ejército que gobernó Egipto durante 16 meses después de la caída de Mubarak en 2011. Ahora se ha dirigido hacia Mursi. Si la situación objetiva no mejora en el país, este descontento podría no disiparse fácilmente. El Ejército de Egipto describió este golpe de Estado como “blando”, y dirigido a restaurar la democracia, no socavarla. Si tiene éxito, podría funcionar tal como ocurrió en Turquía, cuando en 1997 el Ejército derrocó a un gobierno islamista. Si no lo consigue, podría parecerse al golpe de Estado de Argelia de 1992, marcando el comienzo de una década de violencia.

Por el momento, sin duda se ha conservado el inmenso poder y privilegios del Ejército, que ha continuado a pesar del fin formal del régimen militar. El presupuesto militar, por ejemplo, sigue siendo una caja negra sujeta a ningún control parlamentario o presidencial. Y mientras el mal gobierno de Mursi impulsaba a las fuerzas liberales, es una ironía que éstas hayan buscado un camino al poder a costa de un régimen militar muy represivo.

En Egipto vemos los resultados de una dinámica lamentable producida por décadas de dictadura. La autocracia extrema produce, como contrapunto, una oposición extrema. A medida que el régimen se volvió más represivo, la oposición creció más islamista, obstinada y a veces violenta. Las tierras árabes quedaron atrapadas entre los regímenes represivos y los movimientos políticos no liberales, con pocas perspectivas de que dentro de esas dos fuerzas podría abrirse camino la democracia liberal.

Mursi y la Hermandad tuvieron la oportunidad de romper este círculo vicioso, de ser la fuerza de la democracia y de establecer un orden liberal con separación de poderes y un gobierno constitucional. Esa fue la base del éxito del partido AK en Turquía, hasta hace poco, cuando diez años de éxito y tres victorias electorales hicieron que al primer ministro Recep Tayyip Erdogan se le subieran los humos. Pero para eso, Mursi habría tenido que ser un tipo de líder diferente, uno que es bastante raro en la historia.

En el mundo de hoy existe un líder de este tipo, acostado y apenas con vida en una cama de un hospital en Pretoria, Sudáfrica. Los actos en la vida de Nelson Mandela reclaman grandeza. Pero tal vez el principal de ellos fue el hecho de haber asumido el control del país y hacer todo lo posible a fin de acomodar a los afrikaners y asegurar que tuvieran un lugar importante en la nueva Sudáfrica. Imaginemos las presiones que tendría Mandela para relacionarse con estas personas —que habían creado el apartheid— de manera muy diferente. Y, sin embargo, se resistió e hizo lo que era correcto para su país y su historia.

Estados Unidos ha tratado de trazar un camino intermedio, apoyando al proceso democrático, trabajando con el presidente electo, y aún, instándole hacia la moderación. No es suficiente para satisfacer a cualquiera de las partes; y donde una vez Washington fue acusado de apoyar a los militares, ahora se lo culpa por apoyar a la Hermandad.

La realidad es que el liderazgo desde Washington es en gran medida irrelevante. Lo que importa es el liderazgo en El Cairo. Mursi no es Mandela, y probablemente tampoco sea su sucesor. Debido a esta diferencia, Egipto seguirá un camino democrático más difícil que el que siguió Sudáfrica.

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