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El diplomático don Alberto Ostria Gutiérrez

‘Las grandes soluciones de la historia no son fruto de la inercia, sino de la voluntad de los pueblos...’

La Razón (Edición Impresa) / Ramiro Prudencio Lizón

00:01 / 13 de enero de 2016

En estos momentos en que vino al país uno de los principales delegados de Chile para la demanda de Bolivia en La Haya, don Gabriel Gaspar Tapia, con el ánimo de iniciar un posible acercamiento entre los dos países, es menester recordar que con  base en un acercamiento semejante se llegó a una de las principales negociaciones sobre la cuestión marítima nacional en 1950. Cabe destacar que todo lo que se efectúe en la Corte Internacional de Justicia (CIJ) en el presente año será reservado. En consecuencia, es importante que nuestro gobierno acceda a buscar, al margen de la CIJ, un entendimiento directo con Chile, sin incriminaciones y sin exigencias perentorias.

Fue don Alberto Ostria Gutiérrez, cuyo 120 aniversario de su nacimiento se cumplirá el próximo 6 de febrero, quien con paciencia y buena voluntad se fue aproximando al gobierno chileno de la época para conversar y luego negociar sobre tan magno problema. Su labor como embajador en Chile se inició en 1947, y desde un principio hizo conocer al presidente González Videla que Bolivia estaba llana a estudiar las compensaciones que se pediría por el puerto de Arica, cuya cesión nuestro país anhelaba desde el inicio de su historia republicana, por ser su puerto natural. Pero el Presidente chileno le aclaró que su gobierno rechazaría cualquier petición que incluyese la cesión de Arica, por consideraciones de carácter histórico y patriótico. No tuvo más remedio el embajador Ostria que circunscribir las aspiraciones bolivianas a una franja al norte de Arica.

Una vez delimitado latamente el territorio que Chile cedería a Bolivia, la negociación ingresó a una etapa más complicada: la de las compensaciones. Uno de los cancilleres chilenos, don Germán Riesco, le exigió que Bolivia especificara claramente cuál sería la compensación territorial que otorgaría en pago de la franja. Ostria respondió que su gobierno no podía efectuar cesiones territoriales sino a cambio de Arica. De no ser viable esta solución, solo estaba en condiciones de ofrecer los beneficios de la gratitud de un país con grandes riquezas. La entrevista terminó fríamente, con el consejo del canciller Riesco de que en Bolivia se meditase lo difícil que era para un país acordar entregas territoriales sin recibir otras a cambio.

Tuvo que sucederse un cambio de cancilleres en Chile para que la negociación marchara más definidamente. Don Horacio Walker Larraín, decidido partidario de un arreglo con Bolivia, una vez posesionado como ministro de Relaciones Exteriores, accedió a los requerimientos de Ostria de oficializar la negociación que se estaba llevando a cabo desde hacía tres años.

Es así que se cursaron entre el embajador Ostria Gutiérrez y el canciller Walker Larraín las célebres notas del 1 y el 20 de junio de 1950, mediante las cuales Chile aceptaba “entrar formalmente en una negociación directa destinada a buscar la fórmula que pueda ser posible dar a Bolivia una salida propia y soberana al océano Pacífico, y a Chile obtener compensaciones que no tengan carácter territorial y que consulten efectivamente sus intereses”. Es de lamentar que en las mencionadas notas se hubiese determinado que no se contemplarían compensaciones territoriales. Esto dio margen a que se concibiese la posibilidad de que se resarciera a Chile con las aguas del altiplano; aguas que no existen, ya que las principales, las del lago Titicaca, conforman un condominio boliviano-peruano.

Han pasado más de 65 años de la suscripción de esas notas, y nuestro país se encuentra todavía muy alejado del mar. Gran culpa de ello se debe a la generalización de la pérdida de la fe en la posibilidad de obtener una costa propia. Y, evidentemente, si los propios bolivianos no nos afanamos en tratar de alcanzar el mar, éste no bañará nunca nuestra patria. Pues como dijo ese gran patriota que fue don Alberto Ostria, “las grandes soluciones de la historia no son fruto de la inercia, sino de la voluntad de los pueblos orientada hacia un ideal. Y ese ideal, el ideal portuario, mientras no sea alcanzado, vivirá lo que viva la nación”.

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