Columnistas

El dolor de ser tan bello

Ni la república ni la democracia salvaron a Nepal del abuso de Occidente contra su país y su población

La Razón (Edición Impresa) / Elvis Vargas Guerrero

02:41 / 22 de mayo de 2015

La industria creativa mejora nuestras vidas es un eslogan acuñado por los gurús del microcrédito para vender su manera de combatir la pobreza en Nepal. Y no fueron los talleres de costura o las carpas solares las que florecieron en los últimos años, sino la industria creativa del vientre en alquiler. Ésta funcionó como un imán para los occidentales con problemas de fertilidad que viajaron en masa a hacer realidad su sueño de vida, llevando el aura de idealismo que les proveyeron las oficinas de mediación como Lotus Surrogacy, que inventaron una fábula de felicidad acerca del deseo de paternidad y maternidad y cómo se podría ayudar a alguien a aliviar su pobreza alquilando su cuerpo.

El vientre en alquiler ayudó a Israel en su lucha demográfica contra los palestinos, posibilitando un gay baby boom, como los mismos políticos israelíes públicamente asumen: se trata del aporte homosexual a la construcción del Estado judío. Curioso, porque en Israel los flikkers, como les llaman, obtienen más derechos, menos el de casarse, porque eso se lo hace a través de la religión. Entonces los homosexuales judíos se declaran budistas, y la industria creativa de los matrimonios gay los lleva a Nepal para contraer matrimonio.

La industria creativa del turismo gay creció en el país más amigable con el tercer sexo. Éste en Nepal está constitucionalmente reconocido. Cualquier lesbiana o homosexual puede ser considerado neutral, no necesariamente hombre ni mujer. Ellos pueden gozar de la hospitalidad y el sentimiento de seguridad. Es completamente normal ver hombres andando de la mano, mujeres besándose. El matrimonio del tercer sexo hizo posible que miles de homosexuales viajaran al paraíso gay.

La industria creativa del turismo sexual floreció en una sociedad de castas, que arrastra desde la antigüedad el problema de la sagrada prostitución, gente que nacía para satisfacer las necesidades y caprichos ajenos. Más de un reality show europeo mostró cómo allí es posible comprar una esclava sexual o un niño. Muchos chinos ahorraban plata y viajaban para comprarse una esposa, porque en su país sufren de escasez de mujeres debido a la política del hijo único. Ni qué hablar de esos occidentales libidinosos que se hartaban de visitar los pubs o las salas de masajes en el barrio rosa de Katmandú. Toda esa miseria que muchos pensaron que llegaría a su fin cuando la realeza fue casi eliminada por el príncipe Dipendra, quien cometió parricidio y se suicidó al saber que no fue nombrado heredero al trono. Sin embargo, Dipendra fue coronado rey en estado de coma, creando así la ilusión literaria del destino cumplido. Pero ni la república ni la democracia salvaron a Nepal del abuso que Occidente hizo de su país y de su población.

Después del temblor sabemos que la belleza lastima en contraste con el dolor. El caos reordena el mundo porque lo bello siempre es un instante. Ese instante lo tuvo Nepal. Ahora su gente vuelve al campo, de donde nunca debió salir. Solo allí hay dignidad y alimento. Occidente siempre estará en deuda si se trata de reconstruir Nepal. Aunque una nueva industria creativa amenaza la reconstrucción con la recolección de donaciones. Da asco ver esos artistas aprovechando la ocasión promocionando sus nuevos álbumes. Fábricas de alimentos que negociando stocks de comida con instituciones humanitarias. Fábricas de tiendas de campaña que después de cada tsunami o terremoto aumentan su nivel de ventas. Empresas de marketing que organizan la recolección, sabiendo que por cada euro recolectado en Europa, 93 centavos se queda y solo 7 se dividirán entre burócratas y las víctimas. Cuánto dolor produce Nepal con su drama humano. Es como si en el Himalaya se escuchara el eco de las palabras que supuestamente Andreas Lubitz dijo al estrellar el avión con 145 personas en los Alpes: this is a fucking world.

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