Columnistas

El dolor es una prueba de amor

‘La desaparición de paisaje’ es la confirmación de un escritor que sabe que solo las viejas palabras sirven

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

00:01 / 19 de agosto de 2015

Quién no se ha sentido alguna vez como pez fuera del agua? La última novela del cruceño Maximiliano Barrientos habla de esas sensaciones. Un treintañero regresa de Estados Unidos a la patria chica. El padre está muerto, la madre, también; la ropa huele a viejo. La desaparición de paisaje (editorial española Periférica) tiene que ver con el padre, con la pérdida (banal y única). Escrita en “cruceño”, Barrientos ofrece otra vez su corazón (roto), su ciudad (congelada en el tiempo), sus amores (perdidos) y sus canciones (mojadas en alcohol).

La memoria que habita Maxi y su álter ego ficticio (Víctor Flanagan) es un no lugar, es una ciudad fantasmal, estática, con un glamour trucho y una soledad camuflada entre narices que esnifan y gargantas que beben. Los años ochenta son un recuerdo vago de resaca, a lo lejos suena un clásico metalero o aquel grunge; en el video una estrella porno hace lo suyo. Estamos en un boliche que se llama Fuga. ¿Es inútil huir?

Santa Cruz de tus vientos es un personaje que envejece, que apenas reacciona ante la última paliza a un exfutbolista fracasado y obeso. Y nadie dice nada por rabia, por miedo, por culpa. Fotos olvidadas de una familia y una infancia feliz, fotos que atrapan el tiempo, abuso de alcohol, violaciones y autos viejos como fetiches (un Chevrolet, un Chrysler, un Ford Galaxie Landau del 82...): son algunas marcas de la obra de Barrientos; una literatura de injertos, de pedazos y agujeros.

La ciudad es un cuerpo caliente que recorre lugares oscuros, es un perro abandonado que se alimenta con las sobritas de tu cena. A su alrededor solo hay ratas negras. Barrientos siente nostalgia del aburrimiento. “La desaparición de paisaje” transpira trago, pero el trago no mata, asesina la tristeza honda que llega después, la que te llena de vacío. Barrientos añora los tiempos donde las cosas iban a otra velocidad, más lentas, más seguras. ¿Es inútil escapar? No existen tantos lugares allá afuera, los verdaderos han desaparecido, solo te queda esta ciudad fantasmal, estática.

Gordos que se suicidan, borrachos que regresan para la casa hablando solingos, peces que aparecen muertos, perros callejeros atropellados, collas moribundos y un cansancio antiguo: no es el apocalipsis, es Santa Cruz, un planeta remoto del pasado, un lugar ahora olvidado, como las viejas canciones del Camba Soto, como los taquiraris de la gran Gladys Moreno.

Entonces el hombre que ha regresado se detiene frente a sus errores. Necesita reconciliación, quiere vomitar la rabia acumulada (por eso se fue), desea expulsar sus miedos habitados. Se emborracha para callar hondamente, para no sentir ese dolor viejo, para disfrutar el silencio en todas partes. El whisky hará el resto: la tristeza se volverá concreta y mansa. Luego mirará al vacío y trazará su cartografía de pérdidas. Y hablará solo con los perros y con todos tus muertos.

Dice el inglés Julian Barnes que toda historia de amor es una potencial historia de aflicción. La desaparición del paisaje es la última confirmación de un escritor que sabe que solo las viejas palabras sirven: muerte, tristeza, desolación, amor. Pero Flanagan sigue vivo: el tiempo ha erosionado la pena. Barrientos disfruta al demostrar que no ha olvidado: el dolor es una prueba de amor. Sostiene Barnes que el mundo separa muy pronto en la vida a los que han conocido el sexo y a los que no; más adelante, a los que han conocido el amor y a los que no lo han conocido; más adelante aún, al menos si tenemos suerte (o por otra parte si no la tenemos) separa a los que han sufrido aflicción y a los que no la han sufrido. Estas divisiones, dice Barnes, son absolutas. Son trópicos que cruzamos. Flanagan está ya en el otro lado, ha atravesado el desierto del dolor. Lejos, es un sobreviviente.

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